Sarrismo encarnado
El Chelsea ha vuelto a la primera fila del panorama futbolístico por sus méritos en el campo. Maurizio Sarri ha transformado al equipo aplicando unas directrices explícitas que tienen al balón como protagonista. Ross Barkley las representa como nadie.

Había caído en el olvido. Teníamos un vago recuerdo de un chaval del Everton que apuntaba maneras pero que nunca llegó a despuntar en un equipo de enjundia... pero ha vuelto a escena. Ross Barkley ha pasado directamente y sin escalas de estar casi un año sin jugar a tener un rol importante en el nuevo Chelsea de Maurizio Sarri.

Se podría pensar que Ross Barkley ronda la treintena porque entró a nuestras vidas hace siete temporadas; pero lo cierto es que el centrocampista inglés solamente tiene 24 años. Sí, debutó con diecisiete tiernas primaveras dejando grandes sensaciones. En su segunda etapa en el Everton, tras dos cesiones a la Championship, se convirtió en uno de los ejes centrales del equipo. El mejor canterano Toffee después de Wayne Rooney decían orgullosos. La alegría en el lado azul de Liverpool duró más bien poco, ya que el Everton se fue diluyendo poco a poco a partir de la temporada 2013/14 hasta dejar de codearse con los equipos punteros. Barkley vivió de primera mano esa decadencia colectiva que acabó engulléndole a él y a todo el que pasara por ahí.

Ross Barkley decidió declinar amablemente la oferta de renovación que le ofreció el Everton para fichar por el Chelsea de Antonio Conte en enero de 2018 por quince millones de libras. Una decisión lógica, pues el canterano quería aspirar a logros mayores que una perpetua travesía por la intrascendencia. Eso, y que solamente en el museo del conjunto Blue iba a estar más cerca de cualquier trofeo que en sus siete temporadas en Goodison Park.

El centrocampista inglés aterrizó en Londres sin haber disputado ninguna competición con los Toffees por una rotura de los isquiotibiales. El bagaje final de Barkley como Blue fue de 271 minutos repartidos en un par de titularidades en Premier League, dos partidos en las Copas, un encuentro con el Chelsea U23 y otra lesión en los isquiotibiales. Unas cifras decepcionantes propiciadas por su estado físico y las decisiones técnicas de un Conte que tenía a todo el vestuario contra él.

La llegada de Maurizio Sarri este verano junto a su cautivadora pizarra táctica fue un soplo de aire fresco para el Chelsea. El técnico italiano se sumaba a un proyecto estancado, sin disputar la Champions League y con el reto de convertir a un equipo bregado en defensa en la máxima expresión del fútbol inteligente con un 4-3-3 más complejo de lo que parece. La implementación de la filosofía del napolitano iba a ser un reto para el propio Sarri y todos los jugadores. Menos para Jorginho, que ya había probado las mieles del Sarrismo en Nápoles. Barkley, sin duda, salió muy beneficiado con la incorporación del técnico italiano, quien depositó desde el principio su confianza en el joven centrocampista inglés.


“Sarri es un entrenador con mentalidad atacante; quiere un gran fútbol con una presión alta. Es mi estilo de juego.”

En una medular con Jorginho, Cesc Fábregas, Danny Drinkwater, Ruben Loftus-Cheek, Mateo Kovacic y N’Golo Kanté, iba a ser complicado que Barkley encontrara su sitio. Sin embargo, Sarri ha sido capaz de conjuntar con éxito la precisión de Jorginho, el esfuerzo defensivo de Kanté y la potencia de Barkley en un centro del campo perfectamente equilibrado y capacitado para tener un gran impacto en el sistema de juego. Todo esto acompañado por una línea defensiva que distribuye el juego y una tripleta atacante capaz de forzar el error del contrario. Y Barkley ayudando a ambas parcelas en sus labores. Un centrocampista total al que solamente había que quitarle el polvo y darle lustre como un tejano haría con su viejo pero infalible revólver. Armonía futbolística salida de la mente del entrenador italiano menos italiano de los últimos años.

Al fin y al cabo, Barkley representa a la perfección los valores del Sarrismo: movimientos constantes a lo largo y ancho del terreno de juego para crear opciones de pase, creación de espacios a través del balón y culminación con un estético gol. El portentoso físico del inglés encaja en el ideal de Maurizio Sarri de presión intensa al rival, transiciones rápidas y desplazamientos cortos, pero con sentido a uno o dos toques.

Barkley ya avisó de los beneficios de tener un entrenador como el italiano justo antes de que la temporada diera el pistoletazo de salida: “Sarri es un entrenador con mentalidad atacante; quiere un gran fútbol con una presión alta, marcar muchos goles y con la participación de todo el equipo. Es mi estilo de juego”. Y así lo ha demostrado, tanto de titular como entrando por Kovacic.

Con ocho jornadas disputadas sin ninguna derrota y con el Chelsea colíder junto al Manchester City, Barkley ya acumula el doble de minutos y un gol más que la temporada pasada en dieciséis jornadas y los preceptivos partidos de Copa. Y para redondear el buen momento del jugador, ha llegado la llamada del seleccionador inglés Gareth Southgate. La mano de Sarri ha sido más eficaz que una peregrinación a Lourdes: ha devuelto las ganas de salir de la cama al Chelsea y ha recuperado para la causa a uno de los canteranos ingleses más prometedores de la década.

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