Sobre los tópicos, Harry Potter y el partido del siglo

El partido del siglo. Una final anticipada. Una hemorragia de historia europea acumulada sobre el césped del Bernabéu, así, como por arte de magia. Los espíritus de los enfrentamientos pasados fueron convocados para elevar un mero partido de octavos de final de Champions League al nivel del arte.

El salto de Ronaldo ha hecho correr ríos de tinta
No me gustan las estadísticas. Así lo digo: a bocajarro. Y no por ellas en sí, la verdad, porque ¿a quien no le ha alegrado saber, alguna vez, que el motivo del sonrojante exabrupto, casi pornográfico, con el que tu vecino del quinto te sacó de ese sueñecito vespertino dominical, no era producto de su escasa educación, su reducido vocabulario y esa secretilla afición suya al orujo de hierbas, si no porque era la decimoquinta vez en su historia que el Requejinos de Abajo descendía a regional preferente recibiendo un gol en contra en el último minuto? ¿A quién, conociendo dato semejante, no se le han esfumado inmediatamente las ganas de estrellarle la televisión de plasma, cara carísima, en su inmensa cabeza?

Tras cada estadística, alguien te recuerda que "están para romperlas"

El Real-United provocó una avalancha de estadísticas, anécdotas, historias

No, no es por eso: si me fastidian las estadísticas es porque, detrás de cada una de ellas, siempre hay un aguafiestas que se encarga de recordarte que no están para otra cosa que para romperlas, aderezando su ingenioso comentario con un no menos atinado apunte que te recuerda que un partido de fútbol son “once contra once” y que está “muy contento con su trabajo pero lo importante es el equipo”; así, sin más: y se queda más ancho que un ocho, sonriendo de medio lado, saboreando interiormente el efecto que sus palabras causarán, a buen seguro, a su entregada audiencia. Ya la tiene donde quería, boquiabierta, sin reacción posible ante la aseveración: es el momento de dar la puntilla definitiva, esa frase que solo un topiquero de carrera pronunciaría, esa que te diferencia del resto de los humanos: “En el futbol no hay rival pequeño”. Todos muertos.
El miércoles pasado tuvimos la oportunidad de presenciar uno de esos partidos de fútbol que hace que los ríos de tinta crezcan hasta niveles de desbordamiento en las cuencas de los ojos de los lectores. Un Real Madrid-Manchester United da para mucho: las estadísticas vuelan, las anécdotas, los momentos casi heroicos, sobrehumanos abundan…y si no se encuentran, ya se hará una montaña de un grano de arena. Ex jugadores de ambos equipos aparecen de debajo de las piedras antes y después del encuentro, ex entrenadores dando claves tácticas y explicando que harían ellos para ganar a su rival si estuvieran en el banquillo y no en su retiro dorado, demostrando que el fútbol se analiza de maravilla en una cómoda chaise longue a modo de psicólogo o en una cabina de prensa cualquiera, micrófono en mano: qué grandes entrenadores, los que se parapetan tras los análisis reposados y con moviola en los platós de televisión, perdió el fútbol mundial.
Y como no podía ser de otra manera, la prensa partidista, que la hay, de uno y otro equipo nos quisieron hacer ver que el partido del Bernabéu era el partido del siglo del mes de febrero…una hemorragia de historia europea se acumularía en el césped madrileño, así, como por arte de magia. Los espíritus de los enfrentamientos pasados fueron convocados para elevar un mero partido de octavos de final de Champions League a la categoría de arte. Evento de tamaña magnitud no sería tanto sin su tópico correspondiente, ese que diferencia un familiar partido de alevines en un campo de hierba sintética (los niños de hoy ya no juegan en el barro) de un acontecimiento reservado solo para los habitantes del Olimpo futbolero: no solo era un partido angelical: era también “una final anticipada”…¡cómo no!.

Se convocó a los espíritus para elevar un partido de octavos al nivel de arte

Incluso alguien se molestó en medir la altura a la que saltó Ronaldo

Dicen los que lo vieron que fue un buen partido: los aficionados más moderados se quedan en eso pero siempre aparecen los exaltados mitificadores de eventos, esos que se encargan de guardar en su memoria momentos semejantes, señalados para transmitir de generación en generación, cual juglar, las loas de sus épicos protagonistas. Incluso alguien se molestó en medir la altura a la Cristiano Ronaldo se elevó (poderoso salto de por medio) para marcar el gol que significaba la respuesta madridista al inicial de Danny Welbeck: 2,93 metros, cénit de las cualidades físicas excepcionales del portugués. La cosa no se quedará ahí y un estudio biomecánico comparativo entre CR7 y un guepardo está en camino, seguro.
Al final, tras la batalla, los gladiadores reposan, exhaustos y doloridos, hercúleos cuerpos abatidos, agotados y sudorosos; su cansancio extremo y sus heridas solo se restañarán en el campo, en la siguiente batalla porque no olvidemos que “una eliminatoria son 180 minutos”, “todo se decidirá en Old Trafford” y recuerdan que “saldremos a ganar: no sabemos especular con el balón”. Topicazus Magnificus Habemus.
Y es que el fútbol es un espectáculo de tal magnitud que tiene vida propia, pasado, presente y futuro, lenguaje único, definido, transversal, infinidad de canales que nos modifican la opinión, la conducta…procesos que hacen que el impoluto e inmaculado pulcro funcionario de día se convierta en apasionado vocinglero de grada sur, adicto a tertulias televisivas nocturnas de gallinero y voraz lector de prensa sectarista. Un universo paralelo dentro del nuestro, un universo que nos hace olvidar que la vida no es un apartamento en Nueva York con una inquilina que nos cante, toda melosa ella, Moon River al oído. Una lástima por otra parte, ciertamente.
No me gustan las estadísticas. Pero, ahora que lo pienso, no es por nada de lo dicho. Eso ha sido una excusa para rellenar unos folios en blanco. La verdad es que no me gustan porque aún no he encontrado un estudio medianamente serio que cuantifique la cantidad de personas que se han roto la cabeza en la estación de ferrocarril londinense de King's Cross intentando atravesar el muro que separa el andén de las personas corrientes del que le permite a Harry Potter y sus colegas coger el Expreso que le llevará al Colegio Hogwarts de magia y hechicería. Una manera como otra cualquiera de evadirse del vacío infinito que un día sin futbol deja al apasionado vecino del quinto que todos hemos tenido alguna vez. Igual me pongo con ello: cuantificaría e identificaría los golpes como leves, con brecha o conmoción cerebral mediante, todo ello perfectamente pormenorizado en función de edad, raza, religión, sexo y condición social.
Un estudio serio, lleno de tópicos típicos y partidos mensuales del siglo.
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