Solo hay una vía para el Swansea: volver atrás
Durante casi una década, el Swansea fue un paradigma de gestión administrativa y deportiva. Sin estirar más el brazo que la manga, contando con la participación de los aficionados y con un fútbol vistoso, los galeses ascendieron de cuarta a primera división y se establecieron en la Premier League como si ese hubiese sido su hábitat natural.


Mayo de 2003. Tras una convulsa etapa en que un consorcio australiano liderado por Tony Petty casi acaba con el club, los Swans encaran la última jornada en la cuarta división con la obligación de ganar en casa al Hull City para evitar el descenso y caer a las catacumbas del fútbol amateur. En un partido alocado, como la historia del club en los años previos, los galeses acaban imponiéndose por 4-2 y salvando el pellejo. Aunque pocos podían imaginarlo entonces, aquel partido marcó el punto de inflexión en la historia del club.

En 2005, el club logró el ascenso, lo cual le permitió estrenar su flamante nuevo hogar, el Liberty Stadium, en tercera división. Para entonces, el consorcio local encabezado por Mel Nurse ya había puesto los cimientos que conducirían al club a la Premier League menos de una década después: una gestión financiera responsable, un accionariado local con participación del Supporters' Trust del club y una filosofía de juego marcada por el estilo asociativo. Para eso, los Swans confiaron en Roberto Martínez, un técnico catalán imbuido por las ideas de su tierra natal pero profundo conocedor de la cultura británica.

En 2008, los galeses jugaron en segunda división por primera vez desde 1984. En solo tres temporadas, alcanzaron la Premier League por primera vez en su historia. En 2013, los Swans conquistaron la Copa de la Liga, el primer título importante de su historia, y compitieron en la Europa League el curso siguiente. El Swansea se convirtió en el club modelo en el que todos los modestos se miraban. Ni siquiera la marcha de Roberto Martínez atraído por los cantos de sirena del Wigan de la Premier League o de Brendan Rodgers con destino a Anfield fueron capaces de desestabilizar un club que siempre trató de mantener una línea constante en cuanto a su filosofía de juego. En esa continuidad se enmarcan los fichajes de Michael Laudrup, un exjugador de Barcelona y Real Madrid que siempre apostó por el fútbol de la escuela holandesa, y Garry Monk, un exjugador del club que aprendió bajo la batuta de Martínez y Rodgers.

Pero para entonces ya comenzaban a atisbarse las primeras tormentas en el horizonte. Con el contrato televisivo del trienio 2013-2016, los clubes dispararon su gasto en fichajes, situando a un club financieramente responsable como el Swansea a elegir entre sumarse al dispendio desorbitado o tratar de mantener su política financiera comedida a costa del rendimiento deportivo. Mientras la tormenta arreciaba, la nave comenzó a hacer aguas. Los rumores sobre la posible venta del club a inversores extranjeros contribuyó a crispar el ambiente y desestabilizar a la plantilla. El despido de Michael Laudrup en febrero de 2014 fue el primero que realizaba el club a media temporada desde el de Kenny Jackett siete años antes. Además, la marcha del técnico danés se produjo entre acusaciones de haberse lucrado de algunos de los traspasos realizados, muchos de ellos procedentes de España. De hecho, aquella temporada 2013-14, el Swansea contó con siete jugadores españoles en nómina, una cifra que Monk redujo a dos el curso siguiente.

La política de fichajes de las últimas dos temporadas también ha sido más que cuestionable. La impresión es que los accionistas han primado el factor financiero sobre el deportivo. Solo eso explicaría que el club no fichara a ningún delantero para sustituir a Wilfried Bony, traspasado al Manchester City en enero de 2015. O que dejara marchar alegremente a Ashley Williams este verano y su recambio fueran dos jóvenes defensas, Alfie Mawson y Mike van der Hoorn, sin experiencia en Premier League. La incapacidad del club para recuperar a Joe Allen o al propio Wilfried Bony tras sus aventuras en Liverpool y Manchester City respectivamente no hace más que añadir sal a la herida.

A pesar de su prometedor inicio, Monk solo aguantó en el cargo un año y medio. Su marcha marcó el comienzo del fin. El club nombró como técnico interino a Alan Curtis, que apenas tardó un mes en demostrar que el trabajo le venía grande. El Swansea recurrió entonces a Francesco Guidolin, un veterano técnico italiano sin experiencia en la Premier League, que fue recibido con escepticismo por el entorno del club. Sin embargo, fue capaz de salvar los muebles, como ya había hecho Monk un año antes.

Y este verano ha llegado la puntilla. Tras años de rumores, un par de inversores estadounidenses, Steve Kaplan y Jason Levien, asumieron el control mayoritario del club, en una operación en la cual el Supporters' Trust ni siquiera fue consultado. A pesar de que su confianza en él era nula, Kaplan y Levien (y Huw Jenkins, que mantiene su cargo como presidente) mantuvieron a Guidolin en el cargo. Como era previsible, el italiano fue despedido a la que los resultados justificaron la rescisión de su contrato. En lugar de optar por un técnico que fuera capaz de devolver al club a la filosofía de juego que le había permitido alcanzar el éxito en la anterior década, los nuevos dueños optaron por confiar en un compatriota. Bob Bradley, tras su experiencia en Noruega y Francia, recaló en la Premier League, una liga desconocida para él y para la que ha demostrado no estar capacitado. El sustituto de Bradley será el sexto técnico del club en los últimos dos años y medio. En algún momento a lo largo del camino, el Swansea se convirtió en el Sunderland. La única vía para mantener su estatus en la Premier League es recuperar su idiosincrasia, su carácter único. El obstáculo es que, cada día que pasa, se desvanece un poco más.

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