Surrealismo en Old Trafford
El Manchester United realizó ante el Arsenal, probablemente, su mejor encuentro en lo que va de temporada. La segunda parte de los Red Devils fue especialmente excelsa: anularon a unos Gunners desdibujados, les sometieron con trabajo e intensidad y generaron un buen caudal de ocasiones. No fue suficiente para lograr la victoria, que se escapó de las manos de los mancunianos en el 89.

José Mourinho tuvo que alinear una línea defensiva inédita, con Marcos Rojo y Phil Jones en el corazón de la misma y Antonio Valencia y Matteo Darmian —este último a pie cambiado— en los laterales. La presencia del sempiterno Michael Carrick venía a dotar de equilibrio al equipo, además de permitir jugar con más libertad a Ander Herrera y Pogba. En la punta del ataque, la baja por sanción de Zlatan Ibrahimovic permitió a Marcus Rashford retornar a su posición habitual, la de referencia ofensiva. Por su parte, el Arsenal llegaba al Teatro de los Sueños con una baja sensible: la Héctor Bellerín, reemplazado por Carl Jenkinson. Además, Arsène Wenger optó por dejar en el banquillo a Olivier Giroud, único delantero centro sano del equipo, y confiar una vez más en Alexis Sánchez para comandar el ataque gunner.

El primer tiempo fue una batalla por el control. El Manchester United arrancó mejor, pero tras la efervescencia inicial parecía que el Arsenal comenzaba a hacerse con el dominio territorial. No obstante, los Red Devils se mostraron su versión más ladina a la hora de dirimir si ir a buscar arriba a su rival o aguardarle en campo propio. Durante un buen período de la primera parte, el United permaneció agazapado, cerrando huecos y otorgándole al Arsenal el control del esférico. Pero la posesión de los londinenses fue absolutamente inocua. Los locales cerraron bien los flancos —tanto Ramsey como Walcott pasaron muy desapercibidos—, obligando a los de Wenger a jugar por dentro. Sin embargo, el doble pivote alineado por el alsaciano, compuesto por Elneny y Coquelin, destaca más por su desempeño físico que por su efectividad a la hora de dirigir el juego, por lo que se mostraron ineficaces a la hora de hacer llegar el balón a los de arriba. Esto provocó que Mesut Özil y Alexis Sánchez bajasen a recibir: la calidad del alemán y el chileno sí conseguía diseccionar el orden del Manchester, pero lo hacían a demasiada distancia del área y sin apenas compañeros por delante, por lo que sus intentos de crear peligro acabaron por ser inanes.

Pasada la media hora, los de Mourinho, viendo los problemas del Arsenal para realizar su idiosincrático juego asociativo, decidieron ir a morder arriba a los zagueros rivales. El United cada vez recuperaba el balón más cerca de la portería rival, y el criterio de Ander y Mata, junto al dinamismo de Pogba, Martial, Rashford o Valencia, comenzaron a poner en apuros a los de Wenger, que sufrieron para mantener la igualdad en el marcador.

Ese tramo final del primer acto fue un revelador presagio de la que sería la tónica dominante del segundo, de menor riqueza táctica pero mayor clarividencia futbolística. El Manchester United sometió al Arsenal bajo la batuta de un Ander Herrera que cada día tiene más influencia en el juego de su equipo, y los de Mourinho inclinaron el campo hacia la portería de Peter Cech, que ya en el primer tiempo había realizado un par de paradas de mérito. Los Gunners, encorsetados y maniatados en una tipología de partido que no les partido a la que no están avezados, tuvieron que conformarse con recular y defender el empate.

Sin embargo, no fueron capaces de contener la inercia ofensiva de los locales. Entre los dos futbolistas españoles llevaron a cabo el ardid para desequilibrar el partido: Ander Herrera tiró un desmarque hacia un lateral del área gunner y puso el esférico atrás, con tensión, para que Juan Mata anotase con precisión el 1-0. Old Trafford estallaba en un unánime grito de júbilo.

El United pudo ampliar la cuenta en un par de ocasiones y cerrar el partido, pero su ventaja permaneció mínima. No obstante, no parecía que la victoria corriese peligro: el Arsenal estaba absolutamente anulado, incapaz de elaborar su juego habitual y de hacer llegar el balón a sus jugadores de ataque. Sin embargo, los de Mourinho dieron un paso atrás, más por voluntad propia que por insistencia del Arsenal. Y ese error, a la postre, acabó siendo letal. Oxlade-Chamberlain, que acababa de ingresar en el terreno de juego como carrilero diestro, encaró a un exánime Marcus Rashford y lo dejó atrás. Llegó a línea de fondo y centró el balón al corazón del área, donde apareció Olivier Giroud, emergiendo de forma imponente para cabecearlo al interior de la portería defendida por David De Gea. El tanto del galo, tan inopinado como inmerecido a tenor de lo demostrado por ambos conjuntos, cayó en Old Trafford como un jarro de agua fría. Ya han pasado tres años desde la marcha de Sir Alex Ferguson y el Manchester United todavía sigue buscando el gen ganador. 

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