Tarde de frustración y éxtasis
La temporada I después del Leicester campeón de liga está siendo fascinante. Los “zorros” no están ni por asomo al estratosférico nivel del año pasado, pero este sábado en Stoke mostraron una muy buena cara. Se antepusieron a la expulsión de Jamie Vardy, a quedarse 2-0 por detrás en el marcador y a una primera parte frustrante para volver a mostrar esa faceta irreductible que les terminó conduciendo a alzarse con un empate épico.

Aconteció en Stoke-on-Trent una especie de “déjà vu” entre el Stoke y el Leicester, que en septiembre del año pasado también empataron y también por un resultado de 2-2 después de adelantarse los locales con dos goles a favor en la primera parte y de terminar los visitantes logrando la igualada en la segunda. Se empezaba a forjar el Leicester campeón. Era un Leicester que encajaba goles uno tras otro, un poco como ahora, que marcaba todavía más, muchas veces remontando y con un Claudio Ranieri que prometía pizza para sus jugadores si lograban dejar su portería a cero. Es bastante surrealista mirar ahora a esa época en la que Leicester había empezado la temporada de manera magistral y que nadie consideraba como más que un muy buen arranque de un equipo que pelearía por eludir el descenso. En Stoke pusieron una de las primeras piedras para lo que desembocó en el título.

La mejor noticia para este partido para el Leicester fue la reaparición de su portero titular Kasper Schmeichel, lesionado desde principios de noviembre cuando se rompió la mano en su Dinamarca natal en el partido de Champions League que les enfrentó al Copenhague. A pesar de que no había mucho llamado la atención, la baja del danés estaba siendo muy sensible ya que pese a sus muchos esfuerzos Ron-Robert Zieler no estaba logrando transmitir la misma tranquilidad. Desde el principio del partido se notó la presencia de un Schmeichel que no tardó en intervenir. Como si no hubiese faltado a un sólo partido no mostró ni un ápice oxido. Lejos de la versión más defensiva que se vio de los de azul en Bournemouth el pasado martes, sobre todo en la primera parte de aquel duelo, el Leicester mostró mucha más hambre y ambición de ir a por el partido ante los Potters. El Stoke llevaba la iniciativa, pero el Leicester robó el esférico con bastante asiduidad y atacó de manera regular. Al igual que Schmeichel, Lee Grant también tuvo que emplearse a fondo bajo los palos locales para frenar a sus oponentes.

Una primera parte animada en la que ambos buscaban ese primer gol con ganas. Todo fluía y era de un alto grado de entretenimiento, hasta que Jamie Vardy fue expulsado. Intentado recuperar un balón que se le escapaba Vardy fue forcejeando con Glen Johnson por atraparlo hasta que el primero cayó al suelo y derribó a Mame Biram Diouf, siendo la imagen de acabar con los tacos por delante lo que el árbitro Craig Pawson consideró que era de tarjeta roja directa. Muchos coincidieron aun así que era simplemente merecedora de amarilla. Quedarse con uno menos, y de esa manera, frustró y puso nervioso a un Leicester que todavía no había visto nada. Danny Simpson por mano cometió un penalti que Bojan Krkic no falló. Al igual que la temporada pasada, él marcaba el 1-0. Pawson, en lo que no fue su mejor día, no quiso que el partido se le fuese de las manos y empezó a sacar amarillas con bastante facilidad a los jugadores del Leicester. El Stoke no desaprovechó para seguir haciendo leña del árbol caído y maniataron a sus rivales para lograr el segundo. Una falta lateral fue seguida por un potente disparo desde la frontal del francés Giannelli Imbula que golpeó en el poste, rebotó en la espalda de Schmeichel y acabó libre para que Joe Allen no perdonase lo que parecía una ventaja definitiva. La crispación llegó a tal punto entre los integrantes de los Foxes que Schmeichel, demostrando su abrumadora importancia nuevamente, evitó que Ranieri y otros de sus compañeros se encarasen con el colegiado en algo que presumiblemente no hubiese acabado bien.

Admitió el propio Ranieri tras el partido que tuvo calmar a sus jugadores en el descanso ante una situación que les estaba derrotando. Sin embargo, se reagruparon y salieron con ese carácter que les llevó a ser campeones. El Stoke continuó llevando la manija, tratando de dormir el partido todo lo posible para certificar lo que se antojaba como una plácida victoria. Y menos de diez minutos tras la reanudación, Schmeichel otra vez, efectuó una parada sensacional que evitó el tercer gol que muy probablemente les hubiese noqueado. Pero como hicieron un año atrás, aunque esta vez con diez, siguieron remando contracorriente. Siguieron peleando por cada esférico. A través de balones largos, de generar amplitud en su juego, de toques rápidos y precisos, le plantaron cara a los locales. Cierto es que hasta portería llegaron en cuentagotas, pero no pararon de incomodar a los de Mark Hughes. Éstos tampoco eran capaces de pisar mucho el área rival, intentando ralentizar el juego lo más que podían. Pero el Leicester no se rendía y tras la entrada al campo de Leo Ulloa y Demarai Gray dieron con el 2-1, tras una jugada empezada en su propio campo y que culminó con un centro del segundo para un implacable remate del primero para marcar, gracias al “ojo de halcón”, pues un despeje había sembrado la duda. Y quince minutos después, ya en el 88, lograron el empate. Christian Fuchs, en un partido magnífico por su parte, sacó de banda, recibió de nuevo el balón y llevó a cabo un centro majestuoso que Daniel Amartey, tras saltar más que nadie, remató con un timing impecable para batir a Grant y marcar un segundo gol que provocó el éxtasis entre jugadores y aficionados del Leicester. Es una temporada distinta, pero están recuperando ese espíritu irreductible.

Kasper Schmeichel y Robert Huth se felicitan tras el empate (PAUL ELLIS/AFP/Getty Images).
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