Té de Premier en el Cottage
El Fulham ha vuelto a la primera división inglesa en el momento más importante para su futuro. Con una plantilla talentosa y joven bajo el mando de un entrenador que no se esconde, Craven Cottage ha sobrevivido a los años en el desierto y será plaza de Premier League bajo una máxima: que su equipo siga siendo un conjunto con personalidad.

En Inglaterra hay tres tipos de estadios. Unos conservan con orgullo su pasado y en sus aledaños se respira un olor a fritanga y cerveza tan puro como el fútbol que aún custodian sus muros. Otros son tan nuevos y modernos que son más de gin-tonics que parecen ensaladas antes que de pintas. Y existe una tercera especie en extinción cuyo aura retro le dota de un toque elegante que se perdió cuando los tiempos cambiaron. Craven Cottage es un lugar sagrado entre los aficionados de este deporte por una arquitectura que trata el culto balompédico con un mimo digno de la hora del té: rincones como The Pavilion invitan a disfrutar del partido como si de las carreras de Ascot se tratara. Por esa mística que tiene la casa del Fulham, muchos románticos celebraron el ascenso de la entidad a la Premier League deseando ver de vuelta a ese equipo con el que es tan fácil simpatizar. Pero, más allá de la belleza de su estadio, el triunfo de los Cottagers pone fin a varios años de travesía por la segunda división, un lugar que no corresponde al club más antiguo de Londres en la Football League.

El del Fulham es un nombre ligado a la Premier League para todos los que empezaron a ver fútbol en la década de los 2000: de 2001 a 2014 formaron parte de la división de oro de Inglaterra hasta su descenso a Championship. Aunque su mejor posición durante esos años fue un séptimo puesto en 2009, en 2010 llegaron a la final de la Europa League y perdieron contra el Atlético de Madrid. Caer sólo cuatro años después de su aventura europea a la Championship fue un golpe tan duro que casi enterró a los Cottagers, y es que en 2015 y 2016 cerraron la temporada cerca del descenso a League One. No ha sido hasta que se han visto entre la espada y la pared cuando se han comprometido a recuperar el estatus del club por todos los medios. Y para lanzarse al todo o nada no había nadie mejor que Slavisa Jokanović.

Después de salvar de la zona roja al Fulham en 2016 y clasificarlo para el playoff en 2017, el técnico serbio se ha enfrentado a un momento decisivo para el futuro del club: la temporada 2017-2018 era último año en el que recibían parachute payments y sus estrellas ya miraban a la Premier League para dar un paso adelante en su carrera. Los primeros meses de curso fueron decepcionantes, pero el plan de Jokanović volvió a encarrilarse en cuanto encontró en el mercado de invierno el plomo que le faltaba. Aleksandar Mitrović, olvidado en el Newcastle, habla el mismo idioma que el entrenador lingüística y futbolísticamente: no sólo es su compatriota, sino que entiende el fútbol con la misma visceralidad que el Jokanović jugador.

El delantero serbio fue con sus goles la guinda de una plantilla que sólo concebía jugar en la Premier League cuando se miraba al espejo. Y es que desde el 23 de diciembre hasta el 6 de mayo, ya con el sistema equilibrado y a pleno rendimiento, no perdieron ni un partido de liga. No era de extrañar viendo sus armas: Tom Cairney, el capitán, llevaba demasiado en Championship vendiendo su tiempo y regalando su arte; Ryan Sessegnon ya tiene todo el peso del futuro de Inglaterra sobre sus hombros cuando hace unos meses ni siquiera podía pedir una cerveza legalmente en un bar; y hombres como Ryan Fredericks, Marcus Bettinelli y Stefan Johansen han demostrado que el estilo de Jokanović sólo es sostenible si están ellos para cumplir el papel de actores secundarios.

Jokanović celebra el ascenso del Fulham en Wembley. Foto: Clive Mason (Getty)

Es precisamente esa palabra, estilo, la que hace de este Fulham un equipo especial. Ha regresado a la Premier League con el carácter necesario para recuperarse de una mala racha y desplegar un juego que invita a pensar que llegan para quedarse a la división de oro. Cuando al terminar la final del playoff en Wembley contra el Aston Villa Cairney dijo entre lágrimas que "ha ganado el fútbol", no era una frase vacía. Esta generación de Cottagers busca el triunfo sin esconderse y con la convicción de que su discurso se defina por el ataque. No en vano, han firmado una media por partido de 57,8 % de posesión y 14,1 tiros en sus 49 encuentros de la Championship 2017-2018, incluyendo semifinal y final de playoff.

Después de que este año, por tercera vez en la historia de la Premier, los tres recién ascendidos se hayan mantenido en la categoría, la lección de Newcastle, Brighton y Huddersfield para el Fulham es esperanzadora: los equipos con personalidad pueden sobrevivir al salto a la élite. Esa cualidad, la más difícil de conseguir en un deporte colectivo, ya es palpable tras un proceso precedido de pruebas, errores y decepciones que han acabado transformados en aprendizajes para el asalto definitivo a la cima. Y es que si no llegan a ascender, en el curso 2018-2019 habrían visto su presupuesto drásticamente reducido y habría sido casi imposible retener a Cairney, Sessegnon, Mitrović y compañía con tantos clubes de primera división al acecho.

El Fulham ya no es sólo un estadio bonito y un club con tres siglos en la retina. Ahora también es una amenaza para sus iguales en la Premier y un rival incómodo para sus superiores. En un mercado atractivo como Londres, con una plantilla joven y el estatus recuperado, vuelve a haber motivos para pensar que los Cottagers sean de nuevo ese equipo sin el que no se concebía la primera división inglesa. Siempre desde la consigna que ya subrayó su capitán: que gane el fútbol.

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