Te quiero con odio
No importan las veces que Inglaterra fracase después de creerse capaz de ganar su segundo Mundial. El país siempre afrontará la cita internacional preguntándose con esperanza si este año es el bueno, y es que con este torneo tienen sentimientos encontrados: fue un Mundial lo que revivió la pasión nacional por el fútbol, pero también es lo que cada cuatro años transforma la ilusión en depresión.

Inglaterra es un país futbolísticamente histérico y el Mundial, el móvil para unir sus síntomas individuales en una locura colectiva. Es la única manera de que un aficionado del Tottenham y otro del Arsenal, uno del Manchester United y otro del Liverpool o uno del Newcastle y otro del Sunderland se abracen por una causa común: el siempre improbable éxito de su selección nacional. La eterna duda de si este año será el bueno es la inagotable fuente de motivación de unos tipos a los que nadie avisó de que el deporte que inventaron acabaría siendo su desesperación. Y es que Inglaterra y este torneo tienen una relación irremediable: a pesar del daño que constantemente se hacen, se siguen queriendo cada cuatro años.

Puede parecer un amor suicida, pero para los ingleses esta competición significa mucho más que el gran objeto de deseo. En 1990, cuando el fútbol del país agonizaba entre el vandalismo hooligan y tragedias como la de Hillsborough, fue un Mundial lo que recordó a Inglaterra qué se siente cuando se disfruta del balón. Medidas como el Informe Taylor relanzaron el fútbol mediante su modernización, pero no se puede entender la recuperación de la pasión sin la Copa del Mundo de ese año, en la que los Three Lions alcanzaron las semifinales. Las lágrimas de Paul Gascoigne tras caer eliminados contra Alemania Federal representaron a todo un país que sólo supo expulsar en forma de llanto tanta ilusión recobrada. Y es que de eso viven, de ilusionarse: cuando en Inglaterra miran al pecho de su impoluta camiseta blanca, ven una estrella de campeones cuya consecución sólo coincidió con los que en 1966 tenían uso de razón. Y aunque lo de 1990 no fue un triunfo material, sí lo fue en esencia. Ya lo dijo Gary Lineker, uno de los miembros de aquel equipo: "Fue un hito futbolísticamente hablando. Muchísima gente de distinto tipo y diferentes clases se interesó por el fútbol; aquello tuvo un impacto crucial en el crecimiento del deporte". 

Es ahí donde cobra sentido una relación de amor que tantas veces parece estúpida si sólo reporta desilusiones: a pesar de todo, el Mundial fue para Inglaterra una parte fundamental del proceso de salvación de su fútbol, ése que hoy todos admiran por su devoción, fidelidad, autenticidad y espectacularidad. Suma a esa conexión con el torneo la urgencia de varias generaciones por repetir lo que se consiguió en 1966 y tienes un país que no puede evitar obsesionarse cada cuatro años. Esos veranos de diferencia entre Mundiales son suficientes para olvidar las penas y esperanzarse de nuevo como si los fracasos se curaran sin cicatriz. Ya vendrá luego el atropello de realidad para devolver los pies a la tierra y reiniciar el proceso a cuatro años vista.

Gascoigne es consolado por Lothar Matthäus tras caer en las semifinales del Mundial de 1990. Foto: Simon Bruty (Allsport / Getty)

Al fin y al cabo, cada país tiene una forma de concebir este torneo y la de Inglaterra es una excusa para soñar, incluso cuando la plantilla para Rusia anda corta de talento si se mira en el espejo de las otras candidatas. Da igual lo que digan los demás: en cuanto los Three Lions ganan su primer partido, Harry Kane es el mejor delantero del universo, a Raheem Sterling no hay defensa que lo pare, Dele Alli es el mayor talento de Europa, Gareth Southgate ha descubierto la penicilina con la defensa de tres centrales y si hace falta Danny Welbeck pasa a llamarse Welbeckinho. No puedes pedir a Inglaterra que controle sus emociones tras un 2-1 apurado contra Túnez o un 6-1 ante Panamá, porque en un Mundial no es capaz.

La condición de eterna candidata atrapada en el "¿y si este año sí?" tan pronto te concede margen para la esperanza como te la arrebata sin previo aviso. La experiencia dice que Inglaterra siempre acabará apañándoselas para perder la oportunidad de su vida y este 2018 tiene la mejor de todas: un cuadro de eliminatorias libre de selecciones teóricamente favoritas hasta la final. Algunos dicen que este año no es igual porque el combinado nacional no soporta la presión de otras ediciones y tiene poco que perder, pero que no confundan a nadie. En cuanto el God Save The Queen suena en un Mundial, hay mucho que perder y un trofeo por ganar porque un inglés siempre se ve llegando lejos, aunque a su país le puedan meter en líos hasta los suplentes de Trinidad y Tobago.

Se supone que Southgate y la FA tienen un plan basado en hacer de Inglaterra una incubadora de talento, reconocible por su estilo y ganadora en el medio plazo. Pero necesitan paciencia en un país donde nadie puede pedir moderación con el Mundial en juego, porque eso sería un desprecio al torneo internacional más importante del deporte que ellos inventaron. Son los eternos candidatos a todo y ganadores de nada, y es que cualquier otra cosa no sería Inglaterra. Al menos ésa que todos hemos conocido.

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