Tioté jamás perdió la fe
La inesperada muerte del centrocampista marfileño ha convertido demasiado pronto en leyenda a un incombustible jugador de legado eterno: enseñó a Newcastle que hasta en los peores momentos hay esperanza.

Se suponía que Cheick Tioté no iba a llegar aquí jamás. Un niño criado en la pobreza de Costa de Marfil y que no tuvo sus primeras botas de fútbol hasta los quince años estaba condenado a sobrevivir, no a vivir. Fue uno más de los que se negó a aceptar que los límites los pusiera el contexto. Su talento superó a las circunstancias. Pero tan inesperada fue su escalada hasta la élite como su muerte prematura: un infarto a los 30 años ha precipitado el homenaje de la ciudad de Newcastle a uno de sus héroes.

“Jugar descalzo me permitió tener mejor contacto con el balón y me ayudó en mi desarrollo”, dijo en 2010 recordando su infancia en las calles de Abiyán, las mismas que vieron crecer a un mito de la Premier League como Didier Drogba. Al fin y al cabo, su idilio con el fútbol se basó en creer. Creer que acabaría pudiendo jugar con botas y no con las uñas al aire, que escaparía de la escasez de oportunidades de su país natal para vivir de su habilidad y que por ella lo idolatrarían. Ése es precisamente el mejor legado de Cheicky en Newcastle: enseñó a un club históricamente deprimido a tener fe.

Fichó por los Magpies procedente del Twente en 2010, un año en el que precisamente la esperanza de St James’ Park había sido puesta a prueba. El equipo volvía a la Premier League después de su catastrófico descenso a Championship en 2009 y aún seguía instalado en la grada el miedo a volver a descender a los infiernos. Tioté fue uno de los pilares del ‘asentamiento exprés’ del club en la primera división inglesa: los blanquinegros terminaron decimosegundos y descubrieron en el marfileño a un soberbio recuperador. Peleón, incombustible y contundente, de los que se acuerda por la noche el jugón del equipo rival cuando repasa los moratones de la pierna. Pero, ante todo, rostro del mayor milagro del Newcastle en la época moderna: el 4-4 frente al Arsenal.

Hay goles que se convierten en símbolos de toda una era. Y en un club que sólo puede presumir de triunfos en blanco y negro, tener la autoría de la remontada más grandiosa de la era Premier League es al menos una dosis de paracetamol en el orgullo de Newcastle. Era 5 de febrero de 2011 y el Arsenal de Arsène Wenger visitaba St James’ Park. A los 26 minutos, el equipo londinense ganaba 0-4 en una de las primeras mitades más sonrojantes que se recuerdan en Tyneside. Pero en los segundos 45 minutos se fraguó un 4-4 histórico –Joey Barton marcó dos goles, porque en Newcastle todo tiene que ocurrir con un punto de surrealismo–, culminado en el 87 con una volea lejanísima de Tioté de las que se chutan con el alma.

Hay que ponerse en situación para darse cuenta de lo difícil que era creer en aquel momento: cuatro tantos de diferencia contra el Arsenal en menos de media hora, con un centro del campo no exactamente creativo formado por Cheicky y Barton, y el siempre desconcertante Alan Pardew en el banquillo. Hoy la primera imagen de Tioté que viene a la cabeza es la del gol que recordó a Newcastle que nada está perdido hasta el pitido final. Seguro que aquel golpeo tuvo mucho de aquel niño que pasó tantos veranos pateando el balón descalzo sobre la tierra rojiza de Abiyán.

Apenas un año después de haber vuelto el Newcastle a la Premier League, Tioté formó con Yohan Cabaye uno de los mejores centros del campo de Inglaterra. En un Newcastle destinado a pelear por un hueco en mitad de tabla con un ojo puesto en el descenso, el revolucionario equipo de Pardew (elegido a la postre como mejor entrenador del año) finalizó la temporada 2011-2012 en un sorprendente quinto puesto. Ni el más optimista habría firmado volver a saborear fútbol europeo tan pronto tras el descenso. Con Cheicky haciendo las veces de motor y músculo, St James’ Park se permitió la licencia de soñar como el marfileño les había enseñado.

Aquél fue el punto álgido del Newcastle de Tioté antes de que el proyecto se desinflara progresivamente. En los años posteriores, los blanquinegros volvieron a coquetear con el descenso mientras al centrocampista las lesiones y la inestabilidad deportiva del club le fueron arrebatando protagonismo. Vivió la nueva pérdida de categoría de 2016 y fue entonces cuando dejó Tyneside, sin espacio en la profunda reconstrucción de Rafa Benítez.

Había empezado una exótica aventura en China en paralelo al evidente declive de su carrera. La vida, sin embargo, a veces se empeña en ser una paradoja muy jodida. Parecía imbatible después de todos esos años llevando el esfuerzo al límite, repartiendo estopa y jugándose el pescuezo en cada balón hasta que el punto y final ha tenido forma de infarto en un entrenamiento cotidiano. Nadie debería convertirse en leyenda del pasado con sólo 30 años, pero en Newcastle tienen algo con lo que consolarse: saben que siempre pueden mirar a Tioté cuando lo difícil parezca imposible.

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