Un péndulo llamado Granit Xhaka
Granit Xhaka es un tipo que divide a los aficionados. Algunos se dejan encandilar por su ímpetu eslavo, por su contundencia al corte, por su carácter impulsivo. Otros le recriminan exactamente lo mismo.
Por Aaron Cabado | 21/11/2017 Granit Xhaka Arsenal

Granit Xhaka es un futbolista especial y, en cierto modo, un romántico de este deporte. El centrocampista suizo es un jugador mucho más emocional que racional, para lo bueno y para lo malo. Quizás cabría pensar que un futbolista cuya tarea consiste en garantizar el equilibrio de su equipo debería ser alguien con una demostrada capacidad para mantenerse imperturbable ante las circunstancias externas, pero este no es el caso del bueno de Granit, un jugador que no duda en exhibir el ímpetu eslavo que habita en su interior.

Xhaka tiene las cualidades necesarias para ser un gran futbolista, pues es notable en la distribución y contundente en el cuerpo a cuerpo. Pero su gran arma es, indudablemente, su pierna izquierda, en la que conviven una calidad excelsa para poner centros precisos y una potencia endiablada para disparar desde larga distancia. Su gran carencia, probablemente, estriba en su tendencia a la dispersión, que propicia que cometa errores de bulto con más frecuencia de la que debería. Porque, además, a Granit le gusta el riesgo y, en ocasiones, emerge ese futbolista emocional al que le divierte tomar el camino peligroso. «¿Para qué pasársela al central que está libre cuando puedes intentar filtrar un pase entre dos rivales para entregársela a otro de los centrales?», le susurra una voz en su cabeza. Y él acepta el reto, claro, porque qué es el fútbol sin emoción. Y cuando lo intenta y le sale bien, se ríe como un niño que ha cometido una travesura sin que los adultos se hayan dado cuenta, pero cuando pierde el balón y el rival monta el contraataque, el realizador apunta directamente a él, que pensará, imagino, que por qué narices le habrá hecho caso a esa voz. Y le hace caso porque esa voz, a fin de cuentas, forma parte de él, porque Granit Xhaka es un futbolista que oscila vertiginosamente entre la genialidad y el despropósito, saltando de una a otra de forma incesante, jugando despreocupadamente a la rayuela mientras las cosas pasan a su alrededor.

Granit es un tipo valiente. El pasado fin de semana decidió detener una conducción de Moussa Sissoko con un placaje, por ejemplo. No se arruga, no se arredra en ninguna ocasión, ni siquiera cuando esta es la opción más sensata. Porque Granit juega por impulsos: ahora le apetece dar un pase en corto, ahora le apetece hacer un cambio de orientación, ahora le apetece enviar un misil desde treinta y cinco metros, ahora le apetece clavarle los tacos al rival en el tobillo. Y desde luego, no necesita que el contexto del partido sea necesariamente hostil para emplearse con dureza. El año pasado fue expulsado dos veces, ambas en el Emirates, ante el Swansea y ante el Burnley, y en las dos su equipo iba por delante en el marcador. Pero los partidos estaban siendo demasiado aburridos para el bueno de Granit, que decidió alimentar un poco la emoción autoexpulsándose con dos entradas a destiempo sobre Modou Barrow y Steven Defour, respectivamente. El suizo se perdió, en total, siete partidos por sanción.

Pensará Xhaka que por qué le invitan, si ya saben cómo se pone. Si no lo puede evitar, si no lo hace con mala intención. Quizás algún día, con la llegada de su madurez futbolística, siente la cabeza, o quizás no. Lo que está claro es que, por muy delirante e imprevisible que pueda ser Granit Xhaka, o más bien debido a ello, es uno de esos jugadores carismáticos que representan fielmente lo que es el wengerismo: amar el fútbol hasta el paroxismo. 

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