Un Watford sin yoga y con el hijo de la farándula
El equipo del noreste de Londres se despide de Javi Gracia tras su mal inicio de temporada y el reciente anuncio de su destitución. Al mismo tiempo, recibe en su banquillo a un viejo conocido, Quique Sánchez Flores, que regresa a Vicarage Road ayudado por la buena imagen que dejó en su breve paso por Watford.
Javi Gracia Watford

500 libras esterlinas. El precio de llegar cinco minutos tarde a un entrenamiento con Javi Gracia. El mismo que tardas en leer este texto. O Lord Nicklas Bendtner en encontrar portería.

Un punto. Es el bagaje del combinado del noreste de Londres en las cuatro primeras jornadas de esta Premier League. El estilete con el que la familia Pozzo ha cortado lazos con el arquitecto del mejor Watford de la historia. Y la puerta al regreso de Quique Sánchez Flores tras dejar un agradable poso en Vicarage Road en la temporada 2015-2016. Como ese ligue de verano al que tu mente acude de vez en cuando. Regocijándose en la fugacidad de aquel encuentro. En su naturaleza idílica. Casi platónica.

30 minutos. Es el tiempo transcurrido entre un anuncio y otro. Entre la marcha de Gracia y la llegada de Flores. Con el cadáver aún caliente. El de un técnico que llevó al equipo a la final de FA Cup. Y lo alzó a la acogedora mitad de tabla. Esa que es acolchada. Que te abraza. Que te consuela tras pasar un infierno hasta llegar ahí. A la salvación.

11. Es el número de inquilinos del banquillo de Vicarage Road en los ocho últimos años. Sean Dyche dejó el Watford en julio de 2012. Luego fue el turno de Gianfranco Zola. Y de Giuseppe Sannino. Y de Oscar García. Y de Billy McKinlay. Y de Slavisa Jokanovic. Y del propio Quique. De Walter Mazzarri. De Marco Silva. Hasta Gracia.


30 minutos. Es el tiempo transcurrido entre un anuncio y otro. Entre la marcha de Gracia y la llegada de Flores. Con el cadáver aún caliente. El de un técnico que llevó al equipo a la final de FA Cup.

2023. Puede ser el año en que Guardiola deje de fichar laterales. Pero no. Era la fecha en la que Gracia terminaba contrato con el Watford. Su  megarenovación era comprensible. Ahí estaban los resultados. Y el entrenador español solo quería una familia. Un proyecto a largo plazo. Mandó instalar mesas de ping pong. Piscinas. Apuntó a sus jugadores a clases de yoga. Y solo uno de ellos tuvo que acudir a la enfermería con síntomas de menopausia tras someterles a esta rutina claramente propia de futbolistas profesionales.

4-4-2. El dibujo del Watford de Gracia. “Necesitan disciplina”, aseguraba el español al The Guardian a su llegada a Vicarage Road. Y vaya si la tuvieron. Los suyos empezaron a jugar como un organismo vivo. Replegados. Esperando su ocasión para saltar a morder. A presionar. A robar. A contragolpear. Y a puntuar.

72. Es la edad de Lola Flores. La que tenía el día de su muerte. Un día antes estaba trabajando. O quizás eran dos. “Esta es nuestra actitud ante la vida”. Quique Sánchez Flores es hijo de la farándula. Del folclore. Un pragmático insoportablemente atrapado en una genealogía de artistas. De bohemios. “El artista no vive en mí”, reconoce también en The Guardian. Rafa Benítez fue el padre que nunca tuvo. Su mentor futbolístico. El que le hizo amar una portería a cero más que Andy Carroll una Guiness.

1.400 minutos. Es el tiempo que el Watford lleva encajando goles en contra. El balón pasa más tiempo besando sus redes que en las botas de un futbolista del City. Orden. Es todo lo que Pozzo quiere para su equipo. Y es lo que Sánchez Flores promete. ¿Será suficiente para que Vicarage Road vuelva a vivir otra temporada en la máxima categoría del fútbol inglés?

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