Veinte años de Wenger
Este mes de septiembre, Arsène Wenger celebra sus veinte años al frente del Arsenal. Una etapa dividida nítidamente en dos fases, una primera marcada por un fútbol eléctrico y exitoso, y una segunda lastrada por la construcción del Emirates.
Por Ilie Oleart | 22/09/2016 Arsene Wenger Arsenal

Arsène who?

Para comprender la magnitud de la labor de Arsène Wenger durante estos veinte años, hay que remontarse a principios de los años 90. El Arsenal era entonces un club golpeado por una serie de escándalos, desde la destructiva afición al alcohol de parte de la plantilla hasta las continuas revueltas en el vestuario. Además, el potencial de crecimiento del club estaba lastrado por el estadio de Highbury, una hermosa construcción calificada como patrimonio arquitectónico con un aforo limitado de 38.000 espectadores. En los años 30, el Arsenal fue apodado como “el Banco de Inglaterra” por su solvencia financiera, sus traspasos millonarios y sus jugosos contratos. Seis décadas después, seguía recibiendo el mismo apodo pero no por los mismos motivos, sino por ser el último gran estandarte de la tradición, la vieja escuela y los valores británicos. La arquetípica imagen de la junta directiva reunida en una sala, pies sobre la mesa y puro en la boca, no distaba mucho de la realidad del Arsenal de los años 90.

En febrero de 1995, el entrenador George Graham fue despedido tras un escándalo relacionado con el cobro de traspasos. Durante sus nueve años en el cargo, Graham había devuelto el éxito al club, que conquistó dos ligas. Al menos desde la perspectiva de los resultados. Su etapa se caracterizó por un fútbol pragmático y aburrido que los aficionados plasmaron en el famoso cántico “One-nil to the Arsenal”.

Y aquí es donde entra en escena el entonces vicepresidente del club, David Dein. Fue él quien tuvo la aparentemente loca idea de apostar por un entrenador francés que estaba trabajando en Japón. Para comprender el exotismo de esa idea conviene recordar que entre los técnicos que arrancaron la temporada 1996-97, Ruud Gullit era el único no procedente de las Islas. Ron Atkinson dirigía al Coventry, Martin O’Neill al Leicester, Alex Ferguson ya llevaba una década en el Manchester United, Bryan Robson estaba en el Middlesbrough, Kevin Keegan en Newcastle, Graeme Souness en Southampton, Harry Redknapp en West Ham o Joe Kinnear en Wimbledon. La Premier League donde aterrizó Wenger no era un torneo de fútbol. Era “Parque Jurásico”.

Pero Dein estaba convencido de que Wenger era su hombre. Llevaba años soñando con verle dirigir al Arsenal. Concretamente, desde enero de 1989. Wenger, entonces entrenador del Mónaco, aprovechó una pausa en la liga francesa para viajar a Londres y ver un partido del Arsenal (una victoria por 2-0 sobre el Tottenham). “Por aquel entonces, las mujeres no podían entrar en la sala directiva”, recuerda Dein, “así que me encontré a mi esposa y unos amigos charlando en el bar y fue ella quien me avisó de que el técnico del Mónaco estaba ahí”. Al descanso, Dein aprovechó para presentarse a Wenger y preguntarle si tenía planes para esa noche. El técnico le respondió que no y Dein le invitó a cenar a casa de unos amigos. Aquella velada transformaría para siempre la historia del Arsenal y del fútbol inglés.

Wenger causó una profunda impresión en Dein. Acostumbrado al tradicional entrenador inglés que había abandonado los estudios a los dieciséis años para ponerse a patear un balón, se encontró con un políglota que había cursado la carrera de económicas en la Universidad de Estrasburgo. “Durante la cena tuve una visión escrita en el cielo: ¡Arsène for Arsenal!”, recuerda Dein.

Tuvieron que pasar años para que esa oportunidad se presentara realmente. Fue en 1995. Dein presentó la candidatura de Wenger pero sus compañeros de la junta directiva se negaron en redondo. ¿Un entrenador extranjero? Qué locura.

Pero un año después, la oportunidad se presentó de nuevo. En su apartamento de Nagoya, Wenger meditó largo y tendido. La cultura japonesa le había fascinado y estaba considerando seriamente quedarse en el país asiático el resto de su vida. El trabajo en el Grampus Eight distaba de ser un reto profesional como había sido Mónaco pero la forma de vida del país nipón compensaba la falta de retos profesionales. Su esposa estaba embarazada de su primera hija, así que Wenger tuvo que decidir entre llevárselas a Japón o reunirse con ellas en Londres. Finalmente optó por lo segundo.

Wenger fue presentado como entrenador del Arsenal el 22 de septiembre de 1996. Al día siguiente, el London Evening Standard publicó una portada que pasaría a la historia. En grandes letras que ocupaban toda la página, el rotativo vespertino se preguntaba quién demonios era aquel extranjero espigado enfundado en un blazer oscuro: “Arsène who?”. Wenger se encargaría de que rápidamente todo el país conociera su nombre.

Arsène Wenger en torno a 1996 (Shaun Botterill/Getty Images).

La década prodigiosa

La transformación de Wenger arrancó incluso antes de que pusiera los pies en Londres. En agosto de 1996, un mes antes de que el técnico tomara oficialmente las riendas del equipo, el Arsenal anunció el fichaje de Patrick Vieira procedente del Milan. Por supuesto, la mitad del país jamás había oído hablar de él. En un club acostumbrado a centrocampistas que se sienten más cómodos deslizándose por el barro que pasando el balón, Vieira fue una revelación. Y un impulso en los primeros tiempos de Wenger, cuando todavía debía luchar por ganarse su credibilidad.

Durante sus dos primeros años, Wenger transformó el club de arriba abajo. Aplicó un enfoque científico y profesional al trabajo desconocido en el fútbol inglés hasta entonces. Modificó los hábitos alimenticios de sus jugadores (el consumo de barras de chocolate Mars en el vestuario había alcanzado volúmenes industriales), inculcó un necesario sentido del profesionalismo (en aquella época todavía era común compartir unas pintas en el pub tras los entrenamientos) y transformó los métodos de entrenamiento. Wenger olvidó las carreras continuas y los trabajos de fuerza para centrarse en sesiones breves y específicas orientadas al partido del fin de semana. Algunos jugadores de la vieja escuela, como Tony Adams, reconocerían años más tarde que aquello era como entrenar en Marte.

Pero lo que los aficionados apreciaron por encima de todo fue su visión para fichar jugadores. En su primera temporada, Nicolas Anelka se sumó a Vieira. El año siguiente, llegaron Marc Overmars y Emmanuel Petit, que formaría una dupla antológica en la medular junto a Vieira. Además, la llegada de Wenger permitió explotar el potencial de algunos jugadores que ya se encontraban en el club. En concreto, un tal Dennis Bergkamp, llegado en 1995 del Inter por diez millones de libras. Para un futbolista criado en la escuela holandesa del fútbol total, el fútbol inglés de los años 90 era como un viaje al pasado. Wenger se encargó de llevarlo de la mano hasta el siglo XXI.

La combinación de los fichajes de Wenger y su innovador enfoque científico dio frutos inmediatos. En su primera temporada completa, Wenger logró el doblete de liga y copa. Apoyado en la solidez de una retaguardia formada por la vieja guardia revitalizada por Wenger (David Seaman, Lee Dixon, Nigel Winterburn, Steve Bould, Tony Adams), el equipo, dirigido desde la medular por Vieira y Petit, pudo explotar la fluidez y talento de Ian Wright, Nicolas Anelka, Dennis Bergkamp o Marc Overmars.

La primera década de Wenger al frente del Arsenal aportó éxitos continuos, con la excepción de las tres frustrantes temporadas que separan los dobletes de 1997-98 y 2001-02, en que el Arsenal finalizó inmediatamente por detrás del campeón Manchester United. Fue entonces cuando nació y se acrecentó la profunda rivalidad que mantendrían a lo largo de los siguientes veinte años Wenger y Ferguson. Hasta la llegada del francés, la liga inglesa era el jardín privado de Ferguson. El propio Fergie ha reconocido en más de una ocasión que fue la irrupción de Wenger y sus revolucionarios métodos lo que provocó que él mismo revisara y actualizara sus métodos en el Manchester United.

Durante el periodo entre 1996 y 2006, el Arsenal ganó tres Premier League, cuatro FA Cup, alcanzó una final de Champions League por primera vez en su historia y, sobre todo, concluyó una temporada invicto. Los invencibles de 2003-04 supusieron el cénit de la era de Wenger en Arsenal y, posiblemente, de la historia del club. Y no solo por los resultados sino, sobre todo, por su fútbol. Jens Lehman, Ashley Cole, Lauren, Sol Campbell y Kolo Touré formaron una línea defensiva infranqueable que vivía cada gol encajado como una afrenta personal. Gilberto Silva y Patrick Vieira actuaron como protección y fuerza de choque. Y en ataque, Robert Pirès y Fredrik Ljungberg en las bandas, y Dennis Bergkamp y Thierry Henry en punta. Los aficionados de todo el mundo comenzaron a dirigir su mirada hacia la liga inglesa. “Aprendí que se pueden alcanzar cosas que uno creía inalcanzables”, reconoce Wenger.

Aquel equipo trazó la identidad futura del Arsenal. Con Wenger, el club se deshizo de la etiqueta de “Boring Arsenal” para erigirse en el adalid del fútbol de posesión y ataque que años más tarde reinaría en Europa.

Thierry Henry y Arsène Wenger (Henry Sinead/AFP/Getty Images).

La construcción del Emirates y división interna

La construcción del Emirates representó el punto de inflexión en estos veinte años de Arsène Wenger en el Arsenal. A pesar del innegable cariño que el técnico profesaba al vetusto Highbury, siempre fue consciente de que mudarse a un estadio de mayor capacidad era imperativo si el club quería seguir creciendo. Tras transformar el funcionamiento interno del club y dirigir la construcción de un nuevo centro de entrenamiento en London Colney con las últimas innovaciones, Wenger emprendió los pasos necesarios para acometer la construcción de un nuevo estadio.

El francés sabía que erigir un equipamiento valorado en 400 millones de libras comprometería sus posibilidades de invertir en el equipo. Y era consciente de la presión que esa carga financiera supondría sobre sus hombros. Una mala temporada que dejara al equipo fuera de la Champions League representaría un duro revés para las arcas del club.

Así que Wenger trazó una estrategia valiente: fichar a los mejores jugadores jóvenes del mundo por una fracción de lo que, esperaba, valdrían años más tarde. Así llegaron al club chicos prometedores como Cesc Fàbregas, Robin van Persie, Samir Nasri, Gaël Clichy o Abou Diaby. Pero su proyecto fracasó estrepitosamente a causa de sus propios errores de cálculo y de la irrupción inesperada de dos nuevos gigantes.

En 2003, el magnate ruso Roman Abramovich compró el Chelsea y lo transformó en un gigante europeo. Cinco años después, el jeque Mansour haría lo mismo con el Manchester City. Durante estos años, Wenger se ha quejado amargamente del “dopaje financiero” del que se benefician estos clubes gracias a la inyección ilimitada de dinero procedente de sus propietarios. Lo cual explica su postura favorable al endurecimiento de las normas de juego limpio financiero.

Pero el entorno competitivo no es el único culpable del declive del Arsenal durante la segunda mitad del reinado de Wenger. El técnico, que ha convertido el club en su finca privada (a menudo se refiere a él como “mi club” en un lapsus más que revelador), no logró impedir que Fàbregas, Nasri o Van Persie abandonaran la entidad, hartos de la falta de ambición mostrada. El técnico vivió todas estas marchas como una traición personal. Su idea era inculcar la mentalidad y el espíritu del club en los jóvenes para que crecieran apegados a unos valores determinados. La respuesta fue partir hacia otras latitudes en busca de trofeos o suculentos contratos.

Wenger ha tenido múltiples ofertas durante su etapa en Londres. La más tentadora, la del Real Madrid. En 2004, Florentino Pérez intentó contratarle pero Wenger rechazó la oferta. Dos años más tarde, el Real Madrid volvió a la carga después de que el Arsenal perdiera la final de la Champions League. Juan Miguel Villar Mir, candidato oficialista a la presidencia, se reunió con Wenger en el Hotel Crillon de París y le ofreció un precontrato. Sin embargo, Villar Mir perdió las elecciones ante Ramón Calderón, así que nunca sabremos si Wenger llegó a firmarlo o no.

Durante los últimos años, Wenger ha estado sometido a una presión asfixiante, agravada por las divisiones internas entre los partidarios y los detractores del técnico alsaciano. El club no logró levantar ningún trofeo desde la FA Cup de 2005 hasta que en 2014 revalidaron ese título. Fueron nueve años de decepciones, reveses y durísimas derrotas. Quizás la más recordada de todas, el humillante 8-2 ante el Manchester United de su némesis Ferguson en agosto de 2011.

Arsène Wenger ha tenido que afrontar las quejas de los aficionados por la falta de inversión (Clive Mason/Getty Images).

Con el Emirates finalizado, los contratos de patrocinio renovados y el flujo de dinero fresco procedente de los contratos de televisión de la Premier League, el Arsenal pareció recuperar el poder adquisitivo de antaño. Los fichajes de Mesut Özil, Alexis Sánchez y, en menor medida, los de Granit Xhaka y Shkodran Mustafi este verano, están destinados a situar de nuevo al Arsenal entre los candidatos al título. Los triunfos consecutivos en la Copa inglesa en 2014 y 2015 contribuyeron a apaciguar los ánimos pero las aguas jamás se acaban de calmar en la parte roja del norte de Londres.

Wenger ha contado siempre con el apoyo incondicional de la directiva. El actual propietario, el estadounidense Stan Kroenke, mantiene una fe inquebrantable en él. Sabe que conserva las raras cualidades que le han permitido seguir en el banquillo durante dos décadas, una anomalía en el fútbol actual. Wenger es una persona culta, inteligente, exigente y empática. Eso sí, patoso como pocos. Su sentido del humor le ayuda a lidiar con sus caídas en los aeropuertos, sus enredos en las redes de las porterías y sus irresolubles conflictos con las cremalleras.

A pesar de los reveses, Wenger jamás contempló abandonar el barco. El deseo de ganar sigue intacto veinte años después. Pero debe afrontar una doble dificultad. Por un lado, su propio legado de los primeros años, que se ha convertido en la vara de medir para todos los resultados posteriores. Por otro, un entorno competitivo feroz radicalmente distinto al que existía hace veinte años. ¿Podrá superar esos obstáculos y regresar a la casilla de salida? Quién sabe. Lo que sí sabemos es que Wenger se ha convertido en el último ejemplar de su especie. La vida útil media de un entrenador en el fútbol profesional inglés es actualmente de 13 meses. La era en que un entrenador podía permanecer diez, quince, veinte años en su puesto morirá con Wenger.

Arsène Wenger (Dean Mouhtaropoulos/Getty Images).
Comentarios
Solicitamos su permiso para obtener datos estadísticos de su navegación en esta web, en cumplimiento del Real Decreto-ley 13/2012. Si continúa navegando consideramos que acepta el uso de cookies. OK | Más información