Vestirse de etiqueta no siempre es elegante
El Liverpool ha sufrido un proceso de metamorfosis desde que Jürgen Klopp llegó en 2015. Ha pasado de ser un equipo "perdedor" con cortos momentos de grandeza, a convertirse en el mejor equipo de Inglaterra, Europa y, en definitiva, el mundo. Y el alemán ha sido el artífice de que, ahora, "los últimos sean los primeros".
Klopp. / Liverpool FC

Las etiquetas, que pueden parecer livianas y sin ser causantes de grandes molestias, son capaces de convertirse en una gran losa sobre los hombros de aquello que etiquetan. La vida, que se define por estar en constante movimiento, debe tener subidas y bajadas. Y si te encasquetan en un rol, dejarlo de lado es algo terriblemente complicado. Es por ello que, cuando un equipo, o un entrenador, reciben el apelativo de “perdedores”, de fracasados, sacárselo de encima es a veces la labor de toda una vida. Pero una derrota, muchas veces, también puede ser exitosa. Por lo que sucede a continuación.

El Liverpool y Jürgen Klopp estaban estigmatizados. Al club le pesaba no haber ganado todavía la Premier League, y que solamente se habían clasificado a la Champions en una ocasión en las 6 temporadas previas. A Klopp, el monstruoso Bayern München. El equipo más dominador de la historia de Alemania le había ganado 4 Bundesligas de 7, y una final continental. La etiqueta de entrenador perdedor pesaba y rasgaba el cuello del alemán. Pero él prometió convertir a dubitativos en creyentes, y volver a darle títulos a un equipo estancado en una increíble sequía. Al que también hundía cada vez más el estigma de “segundón”. El año I a. K. (antes de Klopp), fue la demostración de esto mismo.

Reconstruir al Liverpool, una tarea espiritual

Cuando el alemán llega a Merseyside en octubre de 2015 los Reds estaban muy cerca del naufragio. Casi en estado terminal. Habían quedado fuera de los puestos de Champions en liga y habían sido eliminados en la fase de grupos de esta misma competición. Al quedar 3º, habían ido a la Europa League, en la que cayeron en primera ronda. La guinda del pastel fue perder las semifinales de las dos copas nacionales. Todo se había puesto en su contra. 

Un mal comienzo aquel año en la competición doméstica dejaba al equipo en 10ª posición, y Rodgers no aguantó más en el puesto. Su sustituto fue Jürgen Klopp, que debía recuperar la esencia mágica de un club que se había convencido a sí mismo que ya no tenía un sitio en la mesa de los mayores, y no era un club ganador. Que los logros del pasado eran eso, historia pasada que no se volvería a repetir. Pero si algo hace la historia es volver, cueste lo que cueste. 

Por eso cuando Klopp llegó a Anfield, fue honesto y directo desde el primer día. Demostró conocer al club y su espíritu desde las entrañas, fue capaz de encajar con el sentir de la afición y entendió, e hizo entender a la gente, que el proceso sería largo, que se perderían finales, pero que también se ganarían. “Si no estás preparado para perder, nunca vas a ganar” dijo tres años después, recordando sin confirmarlo aquellas primeras palabras como técnico del Liverpool.

Desatar al “Liver Bird” y volver a volar

Prometió darle al equipo un necesario reinicio. Analizar a cada uno de los miembros de la plantilla con ojos nuevos y objetivos, y adaptarlos, mientras él se adaptaba a ellos, a su forma de jugar. Al fuego, al “heavy metal” que lo define. A ese “gegenpressing” tan característico que tan buenos resultados le ha dado con el paso de los años. Una táctica basada en presionar, ahogar al rival en su propio campo, desde los propios jugadores de ataque, para provocar errores en la salida de balón de sus contrincantes.

Una de las primeras decisiones que tomó, en lo que respecta al césped, fue darle su completa confianza a Roberto Firmino, que había llegado de Alemania ese verano y no había conseguido destacar.  En 8 partidos con Brendan Rodgers no consiguió ni anotar ni asistir. En los primeros 8 con Klopp, se fue a un tanto y a tres asistencias, y fue titular más veces que con su anterior entrenador. Y encontró su rol. Pero el puesto del brasileño no fue lo único que debía retocar.

Tras los retoques del primer curso el Liverpool ya cubría la 3ª mayor distancia en defensa del campeonato.
Tras los retoques del primer curso el Liverpool ya cubría la 3ª mayor distancia en defensa del campeonato. / StatsBomb

El centro del campo era frágil, pues no eran capaces de recuperar la pelota tan rápido como requería su estilo o fallaban en la consecución de sus roles. La defensa sufría mucho en las jugadas a balón parado, habiendo recibido 15 goles en contra en estas acciones. Y además, faltaba velocidad y potencia en la ofensiva. Ese verano, tras acabar 8º en liga, y perder en la final de la Europa League, estableció las primeras piedras de toque del Liverpool de futuro. La llegada de Sadio Mané dio un impulso definitivo y necesario al equipo, que se acabaría asentando en puestos Champions las próximas temporadas. Desarrollando un juego muy característico.

La evolución del estilo del mejor equipo del mundo

Cuando Rodgers estaba en el Liverpool, la posesión y la variación del sistema eran una norma no-escrita del equipo. Klopp lo cambió todo. Jugó con el 4-2-3-1 y el 4-3-3, por el que acabó apostando con la llegada de Mané y Wijnaldum en 2016. Coutinho fue situado en la banda izquierda, Mané en la derecha, y Firmino arriba. El equipo mejoró considerablemente.

Conocedor de su endeblez defensiva, la presión en campo contrario que emplearon fue feroz, logrando así que las diferencias que tenían entre el ataque y la defensa fueran menos notorias. Les hacían menos de 8 tiros por partido, cuando el año anterior habían estado por encima de 10, y su rival solamente conseguía dar 8 pases de media antes de perder la pelota cada vez que el Liverpool presionaba -esta estadística, ideada originalmente por Colin Trainor de StatsBomb, se conoce como PPDA-. Lo que explicaba que recibieran menos goles, ya que fueron el 5º equipo menos goleado de la Premier.

El Liverpool fue el equipo que más contrapresionó el primer año completo de Jürgen Klopp.
El Liverpool fue el equipo que más contrapresionó el primer año completo de Jürgen Klopp. / StatsBomb

En la 2017/18, con la llegada de Andy Robertson en verano, la de Virgil van Dijk en invierno, y la irrupción de Alexander-Arnold, la flaqueza atrás de antaño ya no era una debilidad a evitar. Lo que permitía rebajar el nivel de presión al otro equipo, sin perder fortaleza defensiva. Y perfeccionar los roles y el juego de su equipo.

Salah, que también había aterrizado ese verano, explotó el potencial que tenía. Logró 32 tantos aquel curso, la mayor cantidad que nadie había conseguido jamás en la Premier League. Y Coutinho, que había perdido su puesto de estrella poco a poco, y además no encajaba en el sistema vertiginoso y sin miramientos de su entrenador, se fue. Lo que fue una “bendición”, pues el dinero que él dejaría permitiría la llegada de van Dijk, Alisson y Fabinho en los siguientes 6 meses. 

De todas formas, ganaron un partido menos que en 2017, y entraron en Champions como 4º clasificados de la Premier. Quedando, eso sí, subcampeones de la propia Champions League. Un primer paso que se confirmó el año siguiente, 2019, pues fue el punto álgido de la evolución que los de Klopp habían vivido en los 3 años anteriores. Y que ha acabado con su sequía de títulos de Premier League esta temporada.

En el curso 18/19 fueron el equipo con más puntos en la historia de la competición en quedar segundo. Vencieron 30 partidos de 38, y solamente cayeron en 1 encuentro. Y se hicieron con el título de la Champions, la 6ª “Orejona” de su historia. Habían perfeccionado todas las cualidades que Klopp había ido implementando poco a poco en sus jugadores. Fabinho y Alisson le dieron al equipo una mayor estabilidad, lo que les había faltado en años anteriores para compensar la volatilidad del equipo, y dominar a sus rivales. Pep Ljinders, asistente de Klopp, lo definió como un “caos organizado”, siendo este el quid de la cuestión.

El equipo se estira y comprime de forma eficiente. El ritmo que imprimen al balón, y su capacidad para crear y destruir por el centro, y castigar por las bandas a través de Robertson y Alexander-Arnold, es imposible de superar. Esto permite seguir bajando el nivel de presión hasta un punto de intensidad eficiente. De esta forma, sacan el máximo rendimiento de cada riesgo que tomaban. Riesgo, que no paso en falso, claro. La prueba está en que encajaron muchos menos goles -0.72 por partido- y ganaron incluso más. 

El año anterior habían sido el segundo equipo con más recuperaciones en contrapresión, y ese año habían dominado en campo contrario como nadie más.
El anterior habían sido el 2º equipo con más recuperaciones en contrapresión, y ese año habían dominado en campo contrario como nadie más. / StatsBomb

Aunque acabaron perdiendo la liga por un punto, su método ya se había probado como eficaz. Habían vuelto a ganar una competición continental. Se habían quitado la etiqueta de “perdedores”, Klopp la de “pierde-finales”, y el trabajo analítico estadístico que hacían, que tantas críticas había suscitado, había tenido éxito. El “Moneyball” era una utopía, pero el empleo de los números en el fútbol no. Algo que potencian al máximo en Liverpool. 

La revolución analítica del fútbol

Los fichajes, el scouting, es una parte esencial en la reconstrucción de un equipo. Y aunque el Liverpool observa sus movimientos, de la mano de Ian Graham, con una lupa modernizada por las estadísticas avanzadas, no solo en esta área es relevante el uso de esta herramienta. Pues es en la preparación de los partidos, en el conocimiento de lo que sucede sobre el césped, y en el aprendizaje de los errores cometidos donde se encuentra la clave del asunto.

Jürgen Klopp no está solo. Desde sus asistentes, el ya mencionado Pep Ljinders y Peter Krawietz, hasta el grupo de “mentes pensantes” del club, Michael Edwards, Mike Gordon y el propio Klopp. Todos son claves. A ellos se les suman los que trabajan con Edwards en el equipo de análisis, encabezados por Ian Graham, junto a Tim Weskett, Dafydd Steele y Will Spearman, la última incorporación al equipo. Estos últimos, por cierto, son un físico teórico, un astrofísico, un campeón de ajedrez y un extrabajador del CERN -clave en el descubrimiento del Bosón de Higgs-. Y como confirmaron al NY Times en mayo del pasado año, aún están lejos de lo que quieren conseguir.

Ven las cosas a través de las estadísticas, y su vista está todavía un poco borrosa. Los datos en el fútbol están ganando relevancia en los últimos años, pero están muy lejos de otros deportes. Lo que ellos quieren lograr es poder cambiar el juego a través de lo que vean en las métricas que recogen, ya que lo analizan todo.

Desde lo más básico, como los “expected Goals”, hasta la fuerza que un jugador le imprime a sus pases, o la posibilidad de hacer gol antes y después de cada decisión tomada. Pueden incluso ver posibles jugadas futuras, como aconsejar a qué jugador escoger en un contraataque cuando estás en inferioridad defensiva, o decirle al delantero dónde colocarse tiempo antes de que suceda el pase definitivo, y que tenga éxito. 

Los “expected Goals” a favor -en rojo- y en contra -en amarillo- desde la 2016/17.
Los 'expected Goals' a favor -en rojo- y en contra -en amarillo- desde la 2016/17. / StatsBomb

Ellos, junto a Ljinders y Krawietz, le dan a Klopp un paquete estadístico con consejos, jugadas a seguir… y el alemán lo traduce al inglés corriente. Le dice a sus jugadores lo que deben hacer. Antes de cada partido, en una charla que suele durar entre 25 y 30 minutos, no juegan con números ni estadística, pues 'The Normal One' ya lo tiene todo en la cabeza -de normal, poco tiene-. Además, tratan las fortalezas de sus rivales, y cómo desbaratarlas. Esto provoca cosas como la acción del córner. Una acción que puede parecer fortuita pero no lo es.

Su equipo de analistas se dio cuenta de que el FC Barcelona tardaba mucho en posicionarse cuando debía defender el balón parado por protestar al árbitro. Y el staff técnico le dio una clara instrucción a los “recogepelotas” de Anfield: darle lo más rápido posible el balón al encargado de botar la acción para tratar de pillarlos por sorpresa. Así fue como Trent Alexander-Arnold pudo ver por el “rabillo” del ojo a Divock Origi, mientras toda la defensa blaugrana miraba para otro lado, y certificó el pase a la final de su equipo. 

Un momento de astucia, de pillería, pero que no habría tenido lugar sin el trabajo previo de análisis. La demostración de que el Liverpool de Jürgen Klopp es el matrimonio perfecto entre la visión tradicional del análisis en el fútbol, junto al aprovechamiento del potencial que tiene un arma tan infrautilizada como son las estadísticas, el análisis numérico de las acciones y el “Big Data”.

Aún queda mucho camino por andar para la estadística en el fútbol, pero ya le han quitado la etiqueta de “ineficaz” o “inútil”. Pues la vida va de etiquetas. Y nadie lo sabe mejor que el Liverpool. Que se ha quitado la suya de perdedor, la ha arrancado de cuajo de su escudo, y ha impreso en letras doradas la palabra “winner”. Aunque, en el fondo, ya fueran ganadores desde antes de alzar su primer trofeo. Desde que llegó Jürgen Klopp y, con el carisma que le caracteriza, convirtió a toda la ciudad, a toda Inglaterra, a toda Europa, en creyentes sin que lo supieran.

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