Wenger se ha ganado el derecho a elegir
La dolorosa derrota del Arsenal en Múnich ha reabierto una herida que estaba lejos de cicatrizar. El futuro de Arsène Wenger divide cada vez menos a los Gooners.

Hace ya años que la histeria se apoderó del entorno del Arsenal. No solo los aficionados sino también los periodistas han convertido al club del norte de Londres en un teatro de opereta donde cada semana se representa una obra diferente según el resultado. En ocasiones es una comedia ligera, en otras una sesuda obra filosófica y todavía en otras un drama lacrimógeno de esos con incestos, extrañas relaciones materno-filiales y mucho alarido.

Cualquiera que siga al Arsenal tenía marcada la visita a Múnich en rojo en el calendario. Es como cuando observas a un niño jugando encima de una silla. Solo estás esperando a que se caiga y se rompa la crisma. No es qué, sino cuándo. Todos sabemos que el Arsenal caerá alguna vez y aguantamos la respiración a la espera de que suceda. Porque, además, sabemos que cuando lo haga, adquirirá tintes catastróficos.

Múnich era el lugar y lo sabíamos. Las señales estaban ahí. Arsène Wenger se ha vuelto a quedar sin portero. Petr Cech, que era la panacea cuando llegó, se ha hecho mayor, como si cambiar de barrio le hubiera puesto diez años encima. David Ospina fue el mejor en Múnich pero un equipo como el Arsenal no puede andar cambiando porteros entre liga y Champions League. Necesita un número uno de garantías que lo juegue todo. En verano habrá que fichar a otro.

Luego está lo del medio centro. Santi Cazorla lleva toda la temporada lesionado, Granit Xhaka ve más tarjetas que un comercial, Mohamed Elneny apenas regresa de Gabón y Francis Coquelin… bueno, no es más que una versión joven de Mathieu Flamini. Luego está la solución de emergencia de Aaron Ramsey (lesionado, claro) o Alex Oxlade-Chamberlain (no lesionado, pero como si lo estuviera).

Y finalmente está Mesut Özil, que es Zinedine Zidane contra el Sunderland en casa pero se transforma en Marouane Chamakh a la que se cruza un grande. Una deficiencia que atenaza a varios de sus compañeros. Quizás a todos menos a Alexis Sánchez, el único ganador nato de la plantilla.

Y, a pesar de todo, el Arsenal aguantó la primera parte a pesar de un golazo de Arjen Robben ante el que nada se puede hacer. Pero la lesión de Laurent Koscielny ya fue demasiado para el endeble equipo de Wenger, que se desmoronó como un castillo de naipes. Con la misma facilidad y, sobre todo, la misma rapidez. Si no fuera por Ospina, el Arsenal podría haberse ido de Múnich con nueve o diez goles.

Los aficionados del Arsenal más beligerantes contra Wenger se levantaron en armas ante la pasividad de la mayoría de la masa social, que comienza a asumir que ha llegado el momento del adiós. Quizás Wenger debió haberse marchado tras la última victoria en FA Cup, reconfortado por el dulce sabor de una postrera victoria. Pero el hombre es un adicto al fútbol y, sobre todo, al Arsenal.


¿Quién es el dueño moral de un club de fútbol? ¿Cómo se gana el derecho a opinar sobre él? Porque, posiblemente, Wenger tenga más derecho a decidir sobre el futuro del Arsenal que muchos de los aficionados que le critican.

Porque Wenger es el Arsenal y este Arsenal es Wenger. Muchos de los aficionados que exigen su marcha ni siquiera seguían al equipo cuando el técnico francés ya estaba trabajando en Highbury. Wenger ha transformado la historia del club hasta convertirse en una figura con un mayor peso histórico específico que la de Herbert Chapman, ahí es nada. El francés transformó un club apodado “el banco de Inglaterra” por su tradicionalismo y su hermetismo en una potencia global con un estadio moderno y un futuro brillante entre los diez grandes clubes del mundo. Ni siquiera es necesario hablar de los títulos para defender su legado.

A menudo, los aficionados lamentan que el fútbol se haya convertido en un negocio donde solo priman el dinero y los resultados (el fútbol moderno y toda esa mandanga). Pero luego exigen la dimisión de Wenger, un tipo que ha entregado veinte años de su vida a su club. Quizás Wenger tenga más derecho a pedir la dimisión de los aficionados que a la inversa.

¿Quién es el dueño moral de un club de fútbol? ¿Cómo se gana el derecho a opinar sobre él? ¿A base de longevidad simplemente? ¿Quizás en función de los kilómetros recorridos siguiendo al equipo? ¿O de las horas invertidas? Porque, en ese caso, Wenger posiblemente tenga más derecho sobre el club que muchos de los aficionados que le critican.

Por otro lado, ¿son los aficionados irresponsables, en el sentido de que no se les puede exigir responsabilidad alguna, cual monarca decimonónico? Los mismos que corean el nombre de Olivier Giroud al son de "Hey, Jude" en el Emirates son los que luego, a través de las redes sociales, reclaman un goleador a Wenger cuando falla un gol cantado. Los que ven en Mohamed Elneny al nuevo Patrick Vieira (esto no es un simulacro) o a Alex Iwobi como la reencarnación de Marc Overmars, no pierden tiempo luego en exigir fichajes de postín.

Wenger se ha ganado el derecho a elegir el momento de irse. Si los aficionados están furiosos por no haber ganado una liga en diez años, es por culpa de Wenger, que les acostumbró al sabor de la victoria. Quizás sus métodos se han quedado anticuados y muchos de sus homónimos le superan tácticamente. En los últimos años ha acumulado derrotas vergonzantes, como el 8-2 contra el Manchester United, el 6-0 contra el Chelsea o dos 5-1 contra el Bayern de Múnich. Es normal que los aficionados protesten cuando eso sucede. Pero deberían apoyar a Wenger hasta el día que se vaya y, cuando lo haga, despedirle como su merece: como el individuo que más ha hecho por su club en los últimos cien años.

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