Andrés Weiss

Charles Sutcliffe: árbitro, directivo y revoluciario

El hombre para todo con raíces en Burnley que cambió la temprana historia de este deporte: reglas de traspasos, arbitraje, calendario… Fue una de las figuras más importantes para la evolución del fútbol inglés en el S.XX

El huracán de la polémica se cierne siempre sobre el mundo del fútbol. En su centro, una figura solitaria abandonada a su suerte: el árbitro. Cuando tiene aciertos, no se le menciona, y la gente solo se acuerda de su apellido cuando falla. El VAR, los criterios arbitrales y mucho más, temas virales en redes siempre que se trata de hablar de los colegiados. El primer árbitro en nadar muy a gusto entre las discusiones y las opiniones contrapuestas fue Charles Sutcliffe. Sin embargo, él fue mucho más que un árbitro: fue uno de los primeros revolucionarios de la historia del fútbol inglés.

Sutcliffe fue árbitro, pero también jugador, director de equipo y, durante medio siglo, el contable del calendario futbolístico. No había nada que sucediera en Inglaterra -ni en el mundo- sin que una opinión suya se hiciera viral. Lo que en los términos de antaño supondría que sus palabras fueran replicadas en todas las plazas de los pueblos del país. Y sin que él influyera en ello. Fue, por decirlo de alguna forma, el primer influencer del fútbol.

La vida y obra de Charles Sutcliffe, de jugador a dirigente

Sin querer empezar la casa por el tejado, la primera parada de este tren llamado controversia se encuentra en la década de 1880. En la entonces más poblada ciudad de Burnley. A principios de la década, un joven de 16 años llamado Charles Sutcliffe fue seleccionado para ingresar en el club de rugby de la ciudad. Sin embargo, un quiebro del destino cambia su vida, junto la historia del deporte, para siempre cuando cambió de deporte y comenzó a jugar al fútbol.

En 1885 disputa un encuentro histórico. Todo lo que rodeaba su figura, como es observable a simple vista, se revestía de un tono trascendental. Y es que el 17 de octubre de aquel año el Burnley jugaba el primer partido de su historia en la FA Cup y le tocaba viajar a Darwen, localidad a 25 kilómetros de distancia. En principio, el ambiente no prometía ser infernal. Sin embargo, todo cambiaría con el pitido final, pues el fútbol se basa en el resultado. Tras 90 minutos de juego, el Darwen Old Wanderers endosó 11 goles al Burnley. La mayor derrota de la historia del Burnley todavía a día de hoy. Más de un siglo después.

Más tarde, otra derrota, aunque esta vez personal, marcó el final de su carrera. Tras no ser capaz de vencer en un duelo individual a Joe Lofthouse, jugador de los Blackburn Rovers, asume con frialdad y honestidad que su tiempo ha pasado -en menos de una década- y decide dar un paso al lado. Aunque su relación con el fútbol no ha hecho más que empezar.

En 1891, tras varios años relacionado con el Burnley, pero sin tener un gran poder en la toma de decisiones, entra a formar parte del equipo de árbitros de la Football League. Es entonces cuando abraza la palabra “polémica” con cada partícula de su ser. Como recoge Simon Inglis en su libro League Football and the Men Who Made It, en un partido que enfrentaba a Liverpool y Blackburn Rovers en 1896 llega a anular hasta seis goles que han marcado ambos equipos.

En otro partido memorable que siempre se recuerda cuando surge su nombre, llegó a abandonar el Sunderland Roker Park, estadio del Sunderland entre 1898 y 1997, disfrazado de policía para que la gente no fuera capaz de reconocerle y ensañarse con él tras un arbitraje discutido por la grada.

En 1898 deja de ser árbitro principal -alrededor de una década después de su retirada del fútbol-, y continúa siendo juez de línea en algunos encuentros durante la siguiente década. Mientras todo esto sucede, como si las tareas de Sutcliffe a lo largo de un día se dividiesen en diferentes multiversos, sigue adentrándose en otras áreas del mundo del fútbol.

En ese mismo 1898 entra en el Comité encargado de gestionar la Football League, el cual acabará presidiendo en 1936 después de tres décadas de servicio a la organización. En sus más de cuarenta años dedicados a la FL hasta su muerte (1898-1939), él dirige los cambios que guiarán el destino del fútbol en la segunda mitad del siglo XX. Todo ello, mientras se hace cargo del Burnley, funda el ya extinto Wigan Town, entra en la directiva del Oldham Athletic y carga en contra del fútbol de selecciones. Desde luego, tuvo una vida ajetreada.

Revolucionar el fútbol no es sencillo, y Sutcliffe lo consiguió

La primera de sus revoluciones llegó en el mismo año de su entrada en la Football League y tiene que ver, cómo no, con el Burnley y una grave polémica que le rodeaba. Hasta la temporada 1897/98, los equipos que se jugaban el ascenso debían disputar una serie de partidos conocidos como “test matches«. Aquel año, después de una serie de resultados, Burnley y Stoke podían ascender automáticamente a primera división si lograban un empate. Para sorpresa de ninguno de los espectadores aquel día, las tablas no fueron cambiadas del marcador, que terminó mostrando un 0-0. Los 90 minutos fueron, posiblemente, los más largos de muchas de las vidas de estos espectadores, pues ninguno de los equipos atacaba, limitándose a mover el balón mientras esperaban que el partido acabase. Entonces, Charles Sutcliffe decidió cambiarlo todo.

Recorte del Whitchurch Herald, del 7 de mayo de 1898, sobre este suceso.

Él propuso la anulación de estos partidos en futuros años y la ampliación de la liga a 18 clubes para compensar a Newcastle y Blackburn Rovers, que se habían quedado sin ascender después del tedioso empate que llevó a primera a su equipo. Sutcliffe era aficionado del Burnley, pero también justo.

Una década después, en 1908, habiendo superado ya el “efecto 1900”, funda la Federación de Árbitros, de la cual será su primer presidente hasta 1913. En 1911, pues siempre estaba dispuesto a innovar, establece la creación de un fondo para ayudar, con parte de su salario, a aquellos árbitros que cayeran enfermos, así como a las familias de los árbitros que fueran falleciendo.

Así es como, a través de estas pequeñas revoluciones, Sutcliffe va creando la imagen y reputación que le ha acompañado hasta más de medio siglo después de su muerte. Lejos del mundo arbitral, también protagoniza en 1912 uno de los casos clave que cambió para siempre las normas en los traspasos de jugadores en el fútbol inglés. Sucedió con la transferencia de Herbert Kingaby, un movimiento que iba en frontalmente contra del sistema de traspasos del momento.

El caso que precedió a la Ley Bosman

Desde 1893, la Football League había dirimido que un equipo solamente podría registrar a un jugador si su club de origen le daba permiso, dando igual si tenía contrato en vigor. En 1906, Kingaby llega al Aston Villa desde el Clapton Orient a cambio de 300 libras, una cifra muy elevada para aquel momento. Su rendimiento no fue el deseado y el Villa lo puso a la venta pidiendo una cifra cercana a la que ellos habían pagado, un precio que nadie estaba dispuesto a igualar. Es por ello que su contrato se acabó y fue incluido en la lista de “retenidos” del conjunto de Birmingham, a pesar de que en el club tenían nulo interés en renovarle. Kingaby se enfrentaba a la seria posibilidad de tener que retirarse.

Taddy era una empresa que hacía una especie de cromos de fútbol, y Herbert Kingaby tuvo uno cuando volvió a jugar para el Leyton Orient en 1908.

Pudo ir a jugar al Fulham -entonces en la Southern League- pero no podía volver al Orient, pues sus responsables no podían pagar el precio que pedía el Aston Villa. El jugador ya ni siquiera estaba en su plantilla, pero sin su consentimiento no movería ni un dedo. Reglas de otro tiempo que, tras la mediación de Sutcliffe, se mantuvieron impertérritas. Como cabeza de la liga, medió a favor del Villa en el juicio, consiguiendo salir ganadores. Un éxito judicial para los mandatarios, que mantuvieron la reglamentación, negativa para la libertad de los jugadores pero que favorecía sus intereses como dueños, intacta hasta 1963.

Sutcliffe siempre luchó para mantener la Football League a flote, y en la Primera Guerra Mundial no hizo una excepción. Consiguió convencer a equipos y jugadores de, incluso sin disputar partido alguno, seguir financiando un fondo común para que la vuelta a la competición fuera lo más sencilla posible, como así sucedió. Finalmente consiguió que la organización mantuviera, ya pasada la guerra en 1923, 88 equipos repartidos en cuatro divisiones. Sin embargo, este no es su mayor legado.

Se podría decir que su mayor hito fue la realización de un sistema que organizaba el calendario de partidos de las diferentes divisiones inglesas. Todo un logro que, no obstante, no ha permanecido vigente en la actualidad, pues hoy en día ha mejorado gracias a los avances tecnológicos. Es en 1915 cuando inició la construcción de su palacio de naipes particular. Basándose en los festivos de cada región, las dificultades para comunicar por transporte algunos puntos del país, y la cantidad de equipos que había en cada zona de la isla en cada una de las divisiones, estableció un método que legó a su hijo después de su muerte y se continuó utilizando para conformar el calendario futbolístico hasta 1967, cuando este proceso pasó a hacerse por ordenador.

Antes de morir, en una nueva muestra de su avanzada mentalidad, incluso llegó a pelear contra las casas de apuestas. Primero, retiró toda la publicidad de estas de los estadios y los equipos. Después, obligó a que se anunciasen los enfrentamientos del fin de semana solo con 48 horas de antelación para evitar amaños. Sin embargo, esta medida no tuvo éxito y generó además generó un caos evitable entre las aficiones, las cuales no tenían el tiempo suficiente para planificar sus viajes. Por ello, esta segunda medida fue retirada después de tan solo dos semanas de vida, pero, desde luego, no se le puede achacar que no lo intentase.

En enero de 1939, con 74 años de edad, Charles Sutcliffe falleció. La ciudad entera de Burnley se reunió para dedicarle un profundo minuto de silencio y cantar en su honor. “Quédate conmigo”, le decían. Un mensaje que, a través de la gente de Burnley, le llegaba desde todos los puntos de la geografía británica. Pues si bien él se fue, todas y cada una de sus revoluciones se quedaron, con ellos, para siempre. Influyó en el fútbol, sin buscar ni su gloria ni su beneficio personal, pues amaba el deporte. Había llegado como un intruso, pero se había ganado el derecho a ser recordado como lo que fue: una de las figuras más importantes del comienzo de la historia del fútbol.

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