Miguel Ruiz

Harry Gregg, un héroe vestido de diablo

Reconocido héroe en la tragedia de Múnich, Harry Gregg, portero del Manchester United, trascendió lo deportivo y se hizo eterno.

Confesar que este artículo no nace de un interés especial por relatar la biografía de un futbolista, ni por retratar la historia de un equipo podría ser contraproducente, pero es vital arriesgarse. Hay veces que uno persigue las historias que quiere contar, pero en otras ocasiones es justamente al revés. A menudo es la historia la que persigue a aquel que esté dispuesto a contarla. Esto es un poco lo que puede pasar con Harry Gregg.

El nombre del portero norirlandés de alguna manera se cruza continuamente por la mente de quienes relatan el fútbol más allá del campo. Su nombre es uno de esos imprescindibles cuando hablamos de héroes, un término tan manido en la épica del fútbol. Uno de esos con los que vas chocando según avanzas.

La referencia al héroe deportivo siempre ha tenido sus argumentos. La lucha por la gloria siempre se ha destacado en estos tiempos modernos en los que la gesta no abunda. Quizá el deporte ha sustituido aquellos hitos del pasado, casi moldeados por el canon griego de los guerreros homéricos. El deporte ha bebido de esa fuente para regalar de algún modo su visión del triunfo, del heroísmo. Pero son pocas las veces en las que vemos la unión entre heroísmo humano y virtud deportiva de manera tan clara como en el caso de Harry Gregg.

Su historia reside en el imaginario de quienes aceptan como objetivo acercar los hechos con el fin de que no se olviden. Es uno de esos casos particulares en los que el escriba decide por sí sólo alejarse del juego, pues para contar y disfrutar la historia de Harry Gregg no hace falta saber mucho de fútbol.

Los canteranos que han jugado con el Manchester United / La Media Inglesa (YouTube)

Decir que nació en Irlanda del Norte es vital para entender que su camino no estaba señalado de manera clara. No nació al amparo de los grandes estadios ni de un club que lo hiciera crecer en su cantera hasta la gloria. La ruta trazada por el muchacho nacido en Tobermore en 1932 fue casi directa desde su ciudad natal hasta Manchester. Una ciudad donde esa vitola de estrella empezó a gestarse por razones deportivas, pero también económicas.

De Doncaster a Manchester

Al llegar al Manchester United, se dio ese efecto tan moderno y antiguo de juzgar a un jugador por el coste de su traspaso. Las cantidades siempre dejan pistas, máxime si tu posición es la de portero y pagan por ti una cifra récord tras jugar casi cien partidos magníficos en el modesto Doncaster Rovers de la Second League. Era el caso de un Gregg que llegaba al equipo de Matt Busby para apuntalar la portería, una de las necesidades de un equipo casi perfecto que empezaba a enseñar los dientes en Europa con un equipo lleno de jóvenes promesas aún con mucho por demostrar.

Con el rojo del United se vestían jugadores como David Pegg, Roger Byrne, Dennis Viollet, Jackie Blanchflower, Bill Foulkes o Eddie Colman, así como promesas tan llamativas como Bobby Charlton. Pero entre todos destacaba Duncan Edwards. La efigie del muchacho era ya de por sí un alegato a la juventud y a la vitalidad. Y su espíritu, una oda a la competitividad. La llegada de Gregg suponía dar un saltito más. Apuntar más arriba de lo que ya lo hacía el equipo de los ‘Red Devils’. En una de sus paradas hacia el lugar en el olimpo que parecía reservado para los ‘Busby Babes’, el Manchester United viajó a Belgrado, para vencer el trámite y esperar al siguiente rival en la Copa de Europa. En la vuelta a casa, el hoy conocido como ‘Desastre de Múnich‘ cortó de raíz el sueño de aquellos muchachos.

El 6 de febrero de 1958, cerca de una solitaria casa deshabitada en las inmediaciones de la pista del aeropuerto de Múnich, Harry Gregg dio un paso adelante para ser quien estaba destinado a ser en la vida y en el imaginario futbolístico. Su labor fue vital para poder sacar con vida a varios de sus compañeros, entre ellos Bobby Charlton, y su entrenador, Matt Busby. Incluso ayudó a la Vera Lukić, embarazada, su hija Vesna y a varios miembros de la tripulación. Su ayuda fue básica para que muchas de estas personas salieran con vida del fuselaje del avión y pudieran resguardarse del frío invierno bávaro.

El recuerdo y la gesta de Gregg

Un joven George Best, aún muchacho, era el encargado de cuidar el material de Gregg cuando aún vestía de corto. El que sería ilustre delantero del Manchester United victorioso que llegaría tras la tragedia, recuerda con cariño al portero, con quien compartió numerosos momentos y al que le unía, no sólo la admiración y el amor por los colores de Manchester, sino su origen norirlandés. “Lo que hizo Harry fue más que valentía, era pura bondad”, reconocía en uno de los muchos documentales producidos en honor a los caídos de Múnich.

La responsabilidad de Gregg le llamó a la acción como en la línea de gol en los segundos previos al lanzamiento de un penal. La reacción fue inmediata y la duda un lastre del que deshacerse rápidamente. Hoy sabemos que su elección no sólo fue correcta, sino que aumentó la visibilidad de este portero norirlandés. Su efigie, ya importante con los guantes en la portería, cobró una importancia mayor a todos los efectos, convirtiéndolo en el héroe que muchos en el deporte no podrán ser.

Sobre el autor

Miguel Ruiz
Periodista especializado en fútbol internacional e histórico.

Me dejan aparecer por Panenka, La Media Inglesa, Sphera Sports y Balón en Profundidad | Autor de ‘1974’ (Editorial Librofútbol, 2021)

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