Andrés Weiss

Mesut Özil, el mago que se quedó sin trucos

Un jugador que, sin mediar palabra, dejaba boquiabiertos a aquellos que decidían regalarle dos horas de su tiempo. El alemán cambia el Arsenal por el Fenerbahçe y abandona, por el momento, el fútbol de primer nivel, dejando una sensación de show acabado a medias.

La bidimensionalidad que siempre le ha caracterizado le ha pasado factura. Siempre ha ido levitando sobre el césped, leyendo el juego a dos palmos del suelo, haciéndole un feo a lo que Newton imaginó y teorizó una vez porque su mente siempre ha sido más liviana que la dureza de la Tierra. La práctica hace al maestro, según dicen, pero en las primeras radiografías que le hicieron antes de nacer ya portaba una batuta en su mano izquierda. Así se veía, al menos, cuando cosía con mimo el balón a sus pies y alzaba la cabeza para dar pie a la siguiente melodía del partido. No estaba sordo como Beethoven, pero sí que sobrepercibía los estímulos que sus compañeros le daban a su alrededor para leer las jugadas antes que nadie, y hacer lo que todos sueñan con imaginar, pero ni alcanzan a palpar en sus visiones a medianoche. Estaba entre dos mundos, entre dos dimensiones. Siempre un tanto ausente, pero redoblando su rendimiento casi sin esforzarse al mismo tiempo.

 

Mesut Özil llegó un día al Bernabéu, se apropió del número de Michael Jordan, y al igual que «His Airness», hizo volar a sus compañeros. Sin tener él que desplegar -o despegar- la comisura de sus labios. Sin hacer ademán de una mala palabra. Sin rechistar. La magia, pues no hay otra palabra para describir lo que consigue hacer un genio cuando se le dan los medios para ello, se encargó de hacer el resto. Y eso es lo que le ha sucedido en el Arsenal. No le han dado los medios para ello.

Durante un tiempo fue el mejor mediapunta de la competición. Un 11 digno a la altura de los históricos 10’s que han pasado por el fútbol inglés, y que conseguía enrabietar a propios y a extraños por lo bueno que era, lo fácil que lo hacía parecer todo, y lo sencillo con lo que se dejaba llevar. En ese aspecto era un velero en medio de una tempestad, que se atempera cuando la calma se adueña de la situación, pero que se desboca a merced de su contexto cuando pierde el control del timón. Y no es porque estuviera mal rodeado. Cuando Aubameyang, Alexis o Giroud sintonizaban el mismo dial que Özil, no importaba que el rival quisiese cambiar de cadena, la emisora del partido ya no estaba en sus manos. El gran problema era que esto no siempre sucedía, y que con el paso del tiempo, las nuevas generaciones han dejado de escuchar walkmans, casetes, y emisoras de radio.

Lo que se lleva hoy en día es la excentricidad telefónica que domina las vallas publicitarias, superando lo nuevo a lo que antes se creía como nuevo, reduciendo lo retro a un recurso «cuco» del que acordarse para ensanchar la colección de camisetas de tu armario, pero no al pensar en el futuro de un equipo. Lo que le ha pasado a Mesut Özil. Su número 10 sigue siendo portado por grandes y pequeños a lo largo de todo el mundo, pero «su» número 10 ya no sale de la taquilla del vestuario del Emirates. Es más, desde hace tiempo que ya ni cuelga de la percha en la que él solía depositar sus prendas antes de saltar al campo. La evolución, no saber adaptarse a su entorno, y que su entorno no supiera ayudarle en la transición, lo han matado.

En 2018 Mesut Özil tocó techo. Entonces nadie lo sabía, es cierto. Él es el primer sorprendido. Pero ese malestar con Joachim Löw, el descalabro de Rusia con Die Mannschaft, y las polémicas fotos que salieron a la luz junto a Erdogan, que entonces estaba en su mayor momento de críticas internacionales, fueron el principio del fin. Venía de hacer una temporada algo baja, para lo que tenía acostumbrado al respetable de su grada. Había conseguido 4 goles y 8 asistencias en una 17/18 en la que entraron en una Europa League que estaba muy barata -el Burnley fue 7° con 54 puntos-, quedando ellos a 12 puntos de los puestos de Champions League. La posición más baja en la que los londinenses habían quedado con el turco-alemán en plantilla. Pero algo cambia, entonces.

Arsène Wenger, su gran valedor, y el que le había otorgado una renovación astronómica -a la altura de su rendimiento, todo sea dicho- pocos meses antes, abandona la disciplina. Abandona el fútbol. Al menos, su relación con los banquillos. El entrenador francés había conseguido sacar al mejor Mesut Özil semana tras semana sobre el tapete, y la tarea que les llegaba a los que vendrían por detrás era complicada. Porque no era el capitán, pero había que contentarle. La buena química del vestuario dependía de ello.

 


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Özil junto a Wenger tras su fichaje por el Arsenal. / Arsenal


 

 

Con Emery, a pesar de sufrir dos dolorosas derrotas iniciales en Premier League ante Manchester City y Chelsea, mete 3 goles y reparte 1 asistencia en sus siguientes 5 partidos. Consiguiendo en todos ellos una victoria. El Özil más goleador y menos asistente -llevaba ya casi tantos goles como la temporada anterior, e iba en ritmo de 5 asistencias en todo el curso, mínimo histórico personal- estaba dejando huella, y siendo muy importante en un Arsenal que marchaba cuarto de nuevo. El lugar que tanto tiempo les había pertenecido.

Pero a partir de entonces la temporada del mediapunta se torna en una montaña rusa en dientes de sierra, encadenando en ocasiones varias titularidades y desapareciendo a la postre en consecuencia de su mal rendimiento. Hasta que en febrero vuelve a jugar con regularidad, habiendo ya perdido su chispa, su confianza. Esto que provoca que, en contra de lo que hace Eden Hazard, no sea capaz de definir y decidir lo que sucederá en la final de la Europa League ante el Chelsea. La derrota ante sus vecinos había certificado el final de temporada, y el final de Mesut Özil.

Porque lo que sucedió en la pasada temporada ya es hasta un cuento popular. Leyenda -él lo es, a su vez- incluso. Titularísimo en todos los partidos que disputó, tanto como con Emery como con Arteta. Pero cuando llegó la pandemia, su carrera se frenó en seco. No solo durante los 3 meses en que estuvieron parados, sin competición, teóricamente encerrados en sus casas, sino ya de manera definitiva en el Arsenal. En septiembre no fue inscrito ni en Premier League, ni en Europa, y fue apartado de la competición del primer equipo. Y a él le quedó un papel relegado a comentar los partidos del equipo en sus redes sociales, como una suerte de aficionado bien posicionado y con contactos, y de salvaguarda de la mejor mascota de la Premier League, Gunnersaurus, a la que él volvió a dar su empleo costeando parte de su sueldo. Esto, ahora que abandona el club, es peliagudo, porque prometió pagarle siempre que estuviera vinculado al Arsenal. Lo que pasará ahora con el dinosaurio es una incógnita. Y es que nadie piensa en ellos. En los daños colaterales.

Mesut Özil, en definitiva, deja tras de sí un reguero de highlights electrizantes, y energizantes, a los que mirar con nostalgia y ternura recordando el reguero de sangre de sus defensores con el que rociaba los campos en los que se enfrentaban. Y que nos pueden retrotraer a una época en la que Mesut Özil llegó a poner en peligro el récord de Thierry Henry como máximo asistente en la historia de la competición, y que nos hizo creer en que los milagros sí existen. En que da igual cual sea tu complexión física, la magia solamente precisa de alguien que crea en ella, y alguien con el talento para ejercitarla. Y a Mesut, si algo le salía por los poros, era talento. Tanto es así, que se le acabó escapando. Y quedando por el camino.

 

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Andrés Weiss