Juan Antonio Parejo

Cuando llega la desesperanza

La desesperanza parece haberse instalado en el Emirates.  Todos y cada uno de los miembros del Arsenal parecen respirar esa atmósfera viciada y cargada de profundo pesimismo, desde una encargada de la tienda oficial hasta Olivier Giroud, pero no olvidemos que todo lo que va mal… siempre puede ir a peor. Y es que el próximo domingo el Arsenal marcha a White Hart Lane.

 
La desesperanza no viene de súbito, no se presenta llamando a la puerta. Su llegada no tiene fecha ni hora oficial, sino que se extiende paulatinamente, adentrándose por cualquier resquicio inimaginable, haciendo que la mochila que llevamos a nuestras espaldas cada vez sea más pesada, cada vez más llena de piedras. Conforme se va produciendo su instalación en el alma, avanza como la tenia en los intestinos o la carcoma en la madera, haciendo que nuestros movimientos sean más lentos y pesados y nuestros ojos vean más oscuro.
 

La desesperanza avanza como la tenia en los intestinos

Cuando llega, los postes pasan a ser tan anchos como troncos de roble

En el fútbol cuando esta terrible compañía llega, todo lo que es susceptible de salir mal, saldrá mal. Desde aquí que nunca hemos negado nuestras querencias futbolísticas, vemos con horrorizado pasmo como, utilizando terminología borgiana si se nos permite, ese “aleph” negativo domina no pocos azares del juego en los partidos de un equipo como el Athletic de Bilbao: los postes pasan a ser tan anchos como troncos de roble y el portero contrario aparece como el gigante que custodiaba el antiguo puerto de Rodas, mientras que el nuestro no es sino un liliputiense con manos de mantequilla. Un pase aislado del rival y sin sentido se convierte en una flecha directa a nuestro pecho mientras que cualquier asistencia milimétrica de Herrera está condenada a quedarse a milímetros de la bota de Aduriz. El giro de cuello de un lado a otro negando la sitiadora realidad mientras se suspira un “no puede ser, no puede ser” se acompaña de un rictus de horrorizada incredulidad.
 
Al norte de Londres ha llegado esta nube negra. Ha cogido la línea azul de metro y tras atravesar sus eternos pasillos, se ha bajado en la estación Arsenal, en dirección al Emirates. De repente, la cintura de Vermaelen parece de cerámica, los pies de Szczesny pegados a la cal, las botas de Sagna cambiadas de pie, los cordones de Chamberlain atados entre sí y hasta hombres como Cazorla, Arteta o Walcott en ocasiones también parecen engullidos por esta tenebrosa niebla. Solo Wilshere y su irrefrenable ímpetu parece estar libres de esta maldición, mientras que Gervinho…bueno, sigue siendo Gervinho. Cuando juega el Arsenal con poco basta para hacerle daño, mientras que para conseguir un gol, necesitan de un esfuerzo denodado y continuado. Esfuerzo muchas veces en vano y que en palabras de Ortega, conduce irremediablemente a la melancolía, como pudimos ver en esa pesadilla que supuso el partido de FA Cup contra el Blackburn Rovers.
 

Al norte de Londres ha llegado esta nube negra y se ha bajado en Arsenal

Los fans aceptan la derrota como natural, el mazo golpea pero ya no duele

Una nube que últimamente parece manejar los hilos del equipo, que les condena a perder en la Capital One Cup contra el Bradford o que lleva a Koscielny y a Szczesny hasta los límites de la locura en aquella final de triste recuerdo contra el Birmingham. El aficionado, ya dentro de ese estado de pesimismo, ve como se sucede disgusto tras disgusto y empieza a aceptar la derrota como natural. El mazo percute una y otra vez sobre las costillas magulladas, pero el golpe ya no duele, como contra el Bayern de Múnich, quizá por esperado. O quizá porque la herida afecte a regiones superiores que están más allá de lo corpóreo. La herida está en el alma y en cada partido el aficionado, el delantero o el mismo Wenger se predispone a sufrir. Síntoma de ello es la agónica victoria ante el débil Aston Villa del último sábado, que ocupa puestos de descenso. Durante gran parte del duelo, el Arsenal atacó y atacó, para solo lograr el premio de un solitario gol de Cazorla. En el segundo tiempo, los gunners redoblaron esfuerzos…para ver como en su único acercamiento a puerta el Aston Villa empataba. Tras sudar sangre y persistir hasta casi desfallecer, de nuevo Cazorla desnivelaba a falta de pocos minutos del final. Un final casi pedido a gritos por la grada.
 
Todos y cada uno de los miembros del equipo parecen respirar esa atmósfera viciada y cargada de profundo pesimismo, desde una encargada de la tienda oficial hasta Olivier Giroud, pero no olvidemos señalar que todo lo que va mal… siempre puede ir a peor. Y es que el próximo domingo el Arsenal marcha a White Hart Lane.
 

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Juan Antonio Parejo