Toño Suárez

El fútbol, la política y el reflejo de la sociedad

La llegada al banquillo del Sunderland del técnico Paolo Di Canio no ha estado exenta de polémica. Lejos de valorar sus aptitudes como técnico, sus opiniones políticas han centrado el debate. Ríos de tinta y cientos de susceptibilidades heridas acompañan la llegada del italiano al banquillo de los Black Cats.

 
Una vez más, no me entero de nada. Andaba yo en la creencia que el fútbol seguía siendo eso que algunos llamaban el opio del pueblo, escenario privilegiado ya no solo para disfrutar del espectáculo propio del juego, cuando lo hay (no siempre) sino también el lugar idóneo para descargar ansiedades, frustraciones, malos días, malas semanas…malos meses. Un señor vestido de negro, acompañado por otros dos con un ridículo banderín que elevaban espasmódicamente cuando consideraban oportuno o un delantero centro de saldo eran blancos perfectos para gritar, desaforadamente, las verdades del barquero que no te atrevías a decirle a tu jefe…o a tu santa esposa, tanto monta monta tanto, en algunas ocasiones. Aquel acontecimiento que servía como excusa para que padres excesivamente rígidos compartieran minutos que la semana no tenía con sus rebeldes descendientes, dando cuenta de una opípara comida en los prolegómenos y un furtivo abrazo si las cosas habían salido bien en las postrimerías, se ha convertido en un espejo de la crispación y la hipocresía con las que la sociedad, que somos todos, nos desayunamos día a día. Va a ser cosa de eso que llaman globalización, digo yo.
 
El espectáculo del fútbol atrae a tantos millones de personas en todo el mundo que se ha convertido en un marco idílico para que directivos de poca monta se empeñen en hacernos saber que a ellos el fútbol les importa un pimiento pero que serían los perfectos candidatos para dirigir una minúscula provincia con aires de independencia, reptiles de palco en busca de negocio fácil o profesionales del canapé gratis de palco VIP, que de todo hay en esta viña del Señor. Y no digo yo que el fútbol no haya sido siempre así pero bastante tenía yo con devorar la paella de marisco pre partido como para distraerme con semejantes disquisiciones.
 

Toda la tinta se ha invertido en recordarnos que Di Canio es un fascista

Hace poco, se produjo un suceso similar en la liga española

Paolo Di Canio acaba de aterrizar en el banquillo del Sunderland inglés, cerca del descenso aunque sin habitar aún posiciones tan rechazadas. Poca gente se ha parado a pensar si es el técnico adecuado para dirigir al equipo a posiciones más holgadas en la tabla: toda la tinta se ha gastado en recordarnos o en hacernos saber que Paolo Di Cannio es fascista, admirador confeso de Benito Mussolini y que celebró algún gol que otro, con gestos más propios de un militante cualquiera de la juventudes hitlerianas que de un jugador de fútbol: la carrera por el campo y el abrazo de los compañeros dejó paso al saludo, brazo rígido y en alto, a la grada.
 
El debate, no obstante, es apasionante. No hace demasiado, un señor fue vetado como segundo entrenador de un equipo de primera división española por manifestar en muchas ocasiones un “exceso” de sentimiento patrio. Las dotes como técnico ayudante del ex futbolista internacional español en cuestión fueron obviadas y sus ideas políticas pesaron más que sus años en los terrenos de juego. ¿Pueden nublar los ideales extra deportivos las capacidades tácticas, técnicas o de manejo de grupos llenos de ego y frágiles como la porcelana china?
 
Visto desde la distancia, y haciendo gala de la hipocresía en la que nos movemos, parece que un defensor de los ideales del Duce no debería estar incapacitado per se para dirigir los designios de un equipo de futbol profesional, compuesto por personas adultas, con ideas forjadas y personalidad propia, en la mayoría de los casos. La cosa empezaría a chirriar si los futbolistas salieran al campo en perfecta formación, aire marcial y su estrategia de juego se pareciera más a una batalla de la Segunda Guerra Mundial o a una guerra de guerrillas que al sempiterno y aburrido 4-4-2 o a la última moda futbolística, no tan nueva como la gente puede pensar, del falso 9. Graderíos de fondo llenos de repeinados patriotas, brazalete en bíceps y consigna en la boca. No va a suceder, afirmo: nunca dichos repeinados habitaron tales localidades.
 

Un defensor del Duce no debería estar incapacitado per se para dirigir un equipo

No quisiera que entrenara al equipo de mi barrio. Revelaría mi hipocresía

Pero el asunto empieza a ponerse un poco más peliagudo si, en vez de la lejana Sunderland, el fascista entrenador ejerciera como diplomado ejecutor de las enseñanzas futbolísticas en el equipo del barrio donde juegan nuestros hijos, en ese colegio escrupulosamente elegido por padres ávidos de inculcar en su progenie determinados valores, determinadas maneras de manejarse por la vida, con el deporte como nexo de unión entre la educación y las buenas maneras. Quizá ese aficionado observador, escandalizado por la mezcla tan explosiva que fútbol y política producen, allá tan lejos, en Sunderland, dejaría de ser tan observador y tan tolerante y le recomendaría a su hijo que abandonara el equipo donde están todos sus amigos y se dedicara al noble arte del ajedrez, siempre y cuando, el profesor no fuera oriundo o descendiente de las enseñanzas comunistas de la extinta Rusia… a ver si, encima, vamos a meter un rojo en casa: ¡Válgame Dios!. “Hijo: mejor dedícate a la colombofilia…o quédate con nosotros hasta los cuarenta”.
 
Es el tema de siempre: los problemas, cuando los sentimos lejos, son menos problemas, igual que las penas con pan, dicen, son menos. La distancia, lo ajeno, lo que nos duele de refilón nos hace sentirnos magnánimos, comprensivos. Nos escandalizan actitudes y pensamientos cuando nos atañen en tercera persona y nos revuelven las entrañas cuando los tenemos a la vuelta de la esquina, en la puerta de enfrente o en el salón de nuestra perfecta casa de observador de lejanías.
 
Mientras Paolo Di Canio no cometa ningún delito movido por sus ideas políticas es un entrenador tan capacitado como otro cualquiera, sin experiencia en grandes plazas, eso sí; aunque esa excusa de la experiencia se quedó tirada una tarde en la cuneta cuando, un muchacho de Sant Pedor, con un equipo de tercera como único bagaje como entrenador, convirtió a un club de los de “quiero y no puedo” en el mejor equipo del mundo y, probablemente, en el mejor de la historia. La falta de bagaje ya no es excusa y las canas ya no aseguran nada. El adecuado manejo de grupos repletos de ego y un exhaustivo conocimiento de los entresijos del deporte en cuestión no conoce de edades ni de años de banquillo.
 
Lo curioso de todo esto es que si Di Canio logra que el Sunderland se mantenga un año más en Premier League conseguirá, de paso, que todo éste debate pase a un segundo plano, eso sí: hasta que pierda tres partidos seguidos, no nos engañemos: hay que vender periódicos y sacar a la luz, a la mínima ocasión en la que tengamos oportunidad, trapos sucios para justificar malos fichajes, malas planificaciones y decisiones de opereta de barítonos de teatros de segunda. Así es el juego.
 
Así está esta nuestra sociedad. Y si, lo reconozco: prefiero que Di Canio esté lejos, allá por Sunderland, intentando hacer su trabajo lo mejor que pueda, sepa o le dejen y no sea el entrenador del equipo de mi barrio donde juegan mis hijos porque me haría darme cuenta que soy un hipócrita. Y a los hipócritas no nos gusta que nadie venga a decirnos lo que somos. Escuece.
 
Y, además, no me gusta el ajedrez.
 

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Toño Suárez