Juan Antonio Parejo

El gusto por la fealdad

 
Nuestro siempre admirado Enric González en sus deliciosas «Historias del Calcio», decía que al fútbol italiano se le cogía el gusto como al tabaco, el café o la cerveza negra. Las dos primeras veces son desagradables. La tercera, no tienen sabor. A la cuarta, te engancha para siempre.
 
Tan fácil es admirar la belleza de Scarlett Johansson en Tokio o contemplar el color café del río Arno desde el Piazzalle de Michelangelo una tarde toscana de mayo que ya no merece la pena añadir nada más. O se tiene la brillantez suficiente para narrarlas (y de la cual, como dijimos en un antiguo post, carecemos por completo por razones ya puestas sobre la mesa) o se queda callado uno.
 
No, eso no nos planteamos. Nos planteamos examinar ejemplos de aparente fealdad desde un punto de vista a medio camino entre lo emocional y lo estético. Más allá de los límites del placer visual, también podemos encontrar motivos para quedarnos ensimismados no ya mirando como un voyeur, sino realmente contemplando un grito de horror en un sucio y gris muro de una fábrica abandonada a las afueras de Birmingham…
 
Cuando uno se sumerge en el universo negro de la Joy Division y se deja llevar por el bajo mimético de Peter Hook en “Digital” o “Shadowplay” y las letras de Tony Curtis, a medio camino entre la esquizofrenia y lo surrealista sucede algo parecido, se impregna de ese sentimiento de angustia, de agobio, de desesperanza, “hasta las profundidades del océano, donde todas las esperanzas se han hundido, buscándote”. Y sin embargo, encontramos el deleite.
 
O cómo cuando esa chica de la facultad que no es ni brillante ni especialmente guapa, pero que insiste y se sienta detrás nuestro en clase. Al cuarto viernes por la mañana, resulta que está despertándose junto a nosotros…
 
Confesamos desde aquí, que la fealdad del Stoke nos atrae de un modo semejante. Los primeros partidos que les vimos nuestras caras se retorcieron con muecas de horror. Hoy, lejos de ponernos sus bufandas, es difícil no sentir una cierta simpatía hacia ellos.
 

El Stoke es un equipo que se mueve con la gracia y la delicadeza de un tractor

Recorre esos silvestres caminos y obliga al rival a mascar ladrillo

Nos resulta tan humana esa carencia de talento que es imposible no resistirse a sus encantos. Resulta estremecedor ver cómo apuran hasta el último ápice del reglamento para sobreponerse a su incapacidad. Conmueve ver a Jonathan Walters por la zona del 10, un tipo que más que futbolista parece un aizkolari. O ver los míticos saques de banda de Rory Delap, los córners amontonando efectivos en el área pequeña o los balones largos a Crouch.
 
Por otra parte, no se trata de emocionarnos ante cualquier esperpento, sino que tiene que ser además, algo muy particular y personal. Joy Division lo era. Esa chica de la que hablamos, pensamos que también. El Stoke, desde luego.
 
No, no vamos a hablar de táctica, ni de resultados, ni de las espinilleras destrozadas por Shawcross. No es nuestro objetivo hoy. Ya dijimos que solo queremos dejar plasmadas las sensaciones que nos produce ver a un equipo que se mueve con la gracia y la delicadeza de un tractor. Por cierto, funciona. O debemos decir que Tony Pulis lo hace funcionar, a pesar de la última mala racha. Pero eso queda para otro día.
 
Obviamente, la fealdad no es un fin en sí mismo, como no lo puede ser la mentira o el egocentrismo. Se trata de las consecuencias del sendero elegido para la supervivencia. Y el Stoke, tan falto, tan necesitado, tan dejado de la mano de Dios, recorre esos silvestres caminos de la fealdad, obligando al rival a mascar ladrillo. Y a nosotros, al otro lado de la pantalla, nos fascina y nos estremece, recordándonos que efectivamente, el ser humano es una especie mediocre.
 
Hace unos meses circuló por Twitter una pregunta: ¿sería capaz el Barça (la natural antítesis del Stoke City en todos los aspectos imaginables) de hacer su juego en el Britannia y sacar los tres puntos?
 
Por supuesto, no tenemos la respuesta. Nadie dijo nunca que este blog fuera una especie de guía espiritual, ni mucho menos esta entrada. Ni lo pretendimos.
 
P.D.: mensaje para Unai Emery. Supongo que ni se le habrá pasado por la cabeza sacar a Víctor Ruiz en el Britannia Stadium. Supongo que no querrá que el chico sea devorado vivo. Invéntese algo, concédale vacaciones, lo que sea, pero apiádese de él y del resto de su carrera.
 
P.D. (2): nuestro eterno agradecimiento a Enric González y sus cuentos sobre Lucarelli y su Livorno, el Lazio de los 70, la primavera de Roma o el siempre desafortunado y errático Inter. Y a Anton Corbijn por intentar abrirnos la puerta de la mente de Tony Curtis.

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Juan Antonio Parejo