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En defensa del fútbol de antaño

El fútbol ha cambiado mucho en los últimos quince años. La vestimenta de los jugadores, el ambiente de las gradas o la opinión pública sobre las tretas. Sin duda, el balompié ha dado un giro de tuerca. 

 
Decía una de las principales figuras de la historia de este deporte, Santiago Bernabéu, que el fútbol pertenecía al pueblo. Y tenía razón. Al menos hasta hace unos años. El deporte del balompié se diferencia del resto porque grandes figuras mundiales han salido de estratos muy humildes de la sociedad o incluso de la más absoluta pobreza.
 
El fútbol no necesita la enseñanza y entrenamiento personalizado de otros deportes como el tenis o el golf. Y, además, el único material técnico necesario es una pelota. Los postes de las porterías pueden ser cualquier tipo de componente natural (árboles o piedras), enseres humanos (sudaderas o mochilas) o incluso cualquier elemento del mobiliario urbano (bancos o farolas). El baloncesto requiere una canasta, el ciclismo una bicicleta y la natación una piscina.
 
De cualquier modo, el fútbol ha ido devaluándose a nivel de esencia y naturalidad. La veracidad de sus acciones se ha transformado en un negocio deleznable en busca continua de imágenes icónicas. Cada vez vemos menos entradas a ras de suelo, y mejores y más recatados peinados.
 
De todas formas, analicemos por partes este sintomático cambio del mundo del fútbol en la última década. Porque ha habido cambios en el césped, es cierto. Pero también en las gradas (aunque esta evolución empezó en los años 80), la vestimenta de los jugadores, la dureza del juego, la cobertura televisiva e incluso la actitud de los aficionados.
 
Dentro del terreno de juego podemos observar el máximo cuidado que se tiene de la superficie de juego. El césped, las líneas de cal, la colocación de las redes en las porterías… Todo tiene un mimo y un cuidado realizado con mucho mayor esmero y menor dejadez. Pero también han sido los verdaderos protagonistas, los futbolistas, lo que han cambiado más sus costumbres. Empezando por la vestimenta. A principios de siglo, los jugadores salían del vestuario con la camiseta por dentro. Además de un orden aleatorio y un peinado con la justa dedicación. Y botas negras. Sin aspavientos.
 
Estas costumbres se han tornado en una sucesión de estrellas enmascaradas en divos más preocupadas en mostrar desdén por el deporte del fútbol que en ser ejemplos sociales. Sus extravagancias a la hora de calzarse y peinarse sirven de referencia para que críos les imiten y visiten las aulas de los colegios con un mayor parecido a Pikachu o Bart Simpson que a un niño de su edad (por peinado y paleta de colores, respectivamente).
 
Y, además, parece que la posterior salida del vestuario otorga una mayor cercanía a premios individuales como el Balón de Oro, el mejor jugador del equipo en la temporada o ser candidato al mejor futbolista que saludan en último lugar los jugadores del equipo rival en el saludo inicial. Saludo que, por cierto, hace unos años representaba un acto de solemnidad y respeto por el espectáculo y ahora simboliza una chocada de manos entre colegas. Aunque sean del eterno rival. Una actitud que habría encolerizado a los aficionados hace una década.
 

Salir el último del vestuario parece que otorga cierto status dentro del plantel

No poder ver el fútbol de pie, ha restado pasión en las gradas

Dentro del terreno de juego, antes tenía un valor y sabor especial para el aficionado el esfuerzo y entrega representadas en la suciedad verde que impregnaba los uniformes al descanso o final del partido. A día de hoy, los jugadores están más preocupados de salir con una camiseta de manga larga en octubre para no pasar frío que en robarle el esférico al rival con una entrada a ras de suelo. Cualquier magulladura podría estropear el próximo anuncio o la instantánea del fotógrafo del córner. Hace décadas, los jugadores de Europa Occidental visitaban los países del Este para jugar bajo gélidas temperaturas en barrizales con uniformes de manga corta. Ah, y tenían vello en las piernas en el pecho y las piernas.
 
Sin querer ensañarme más con los protagonistas del remodelado fútbol (si se puede seguir llamando así), pasemos a las gradas. Todos sentados y sin moverse. Que no se oigan alaridos de animación o palabras malsonantes no sea que saquemos al vecino de la butaca de al lado de su sopor. Los estadios cada vez se pueblan más de señoritos encamisados mientras los jóvenes con la camiseta del equipo van desapareciendo. Esto perjudica a la atmósfera general del estadio, tanto a nivel estético como en cuanto a los cánticos (y su volumen) dirigidos al equipo. La explicación es bastante simple. Procedo con ella.
 
Los abonos de temporada representan un gran porcentaje de las entradas a lo largo del año. Estas butacas permanentes tienen un precio elevado. Para personas acomodadas socialmente, y con una estabilidad profesional y personal. Evidentemente, el joven que va a la universidad o comienza su periplo laboral es complicado que, en primer lugar, encuentre uno de estos abonos de temporada y, segundo, y más complicado aún, que pueda pagarlo. Así que seguirán yendo más jubilados que veinteañeros al fútbol y los estadios seguirán emitiendo unos decibelios muy por debajo de los deseados.
 
Con la desaparición de las localidades de pie en Inglaterra a raíz del informe Taylor tras las tragedias ocurridas en los años 80, los estadios han perdido capacidad. Además de cierta esencia en los momentos de éxtasis tras un gol o de la catarsis propia de los últimos instantes de los encuentros. Ya no quedan prácticamente vestigios de las avalanchas tras los goles a excepción de algunos casos puntuales en Francia o Italia.
 
También dentro de la vertiente de los estadios, cabe destacar los traslados a nuevos emplazamientos. El Arsenal pasó de Highbury al Emirates, el West Ham debutará la próxima temporada en el Estadio Olímpico, el Tottenham espera inaugurar su nuevo reciento en 2018. Ciertamente, estos cambios suponen grandes inyecciones económicas para los clubes, pero pocos aficionados Gunners sentirán predilección por el moderno y potente Emirates antes que por la magia y la esencia del antiguo Highbury. Lo mismo sucederá con alta probabilidad respecto a los aficionados Hammers. Si no fuera suficiente con esto, los estadios han sido rebautizados con el nombre de grandes marcas globales. Todo muy artificial.
 
Pasando a la dureza del juego, cabe relacionarla parcialmente con el desarrollo de las coberturas en los partidos. Incidencias como el escupitajo de Antolín Alcaraz contra Richard Stearman en un Wigan-Wolves o el mordisco de Luis Suárez a Branislav Ivanovic, fueron captados gracias a la amplia cobertura de la que gozan los grandes eventos hoy en día. Hace dos décadas, esos gestos no habrían tenido un alcance mayor que el de los espectadores del estadio. El avance de las tecnologías y las descomunales audiencias de los partidos de fútbol, han producido una mejora en las retransmisiones, que son capaces de alcanzar cualquier detalle. 
 
Hace veinte años, los jugadores duros eran venerados por las aficiones. El fútbol está dejando de ser un deporte de contacto de forma paulatina. Existe menos rudeza en el juego y más virguerías. Los jugadores están cada vez más cerca de las bailarinas de ballet. La vigilancia de las cámaras criminaliza las tretas y agravios. Nadie defiende estos abyectos actos pero hemos basculado hacia el extremo opuesto. De las patadas a la luz del día hemos pasado a las interpretaciones dramáticas más propias de una tragedia griega cada vez que un defensa se acerca a menos de 500 metros, incluyendo tirabuzones y caras de dolor extremo.
 
El fútbol es cada vez más artificial, menos espontáneo. Hoy en día se condena con mayor dureza el celebrar un gol quitándose la camiseta que fingir una agresión para provocar la expulsión de un compañero de profesión. Quitarse la camiseta es una muestra de pasión, la base esencial de este espectáculo. La alegría desbordante de un gol se sanciona. Igual que se prohibieron las gradas de pie. Igual que desaparecieron las entradas a ras de suelo. Sin duda, el fútbol, si se puede seguir llamando así, no es lo mismo que antaño.
 

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