Nacho González

Las urracas aterrizan en Championship

Tras la marcha de Alan Pardew, pocos en St. James’ Park imaginaron que, apenas 494 días después, el Newcastle sería equipo de Championship. El club dio un giro hacia ninguna parte y, tras una serie de fatales acontecimientos, el remedio ha acabado engendrando una enfermedad peor. Lo que empezó como un año soñando con copas ha acabado en una resaca mortal.

 
Corría el año 1924 cuando, un 11 de mayo sin aparente singularidad en el municipio inglés de Ashington, nacía Jackie Milburn. Desde una infancia entre los picos golpeando el carbón y los monos de trabajo ennegrecidos de su minero lugar de origen hasta ser un ídolo de St. James’ Park, Wor Jackie forjó su leyenda como uno de los mejores futbolistas de la historia del Newcastle United con los goles como forma de expresión: 239 dianas en 494 partidos, más tres FA Cups entre 1951 y 1955. El pasado 11 de mayo de 2016, habría cumplido 94 primaveras. Sin embargo, allá donde esté Jackie dando patadas a un balón, festejó su cumpleaños con lágrimas en los ojos.
 
El mismo Newcastle que Milburn sacó del infierno de la segunda división para volver a levantar trofeos es hoy, seis décadas después, oficialmente equipo de Championship. Dicen que los Magpies son un gigante dormido en eterno letargo, pero pocos pueden imaginarse su despertar después de una nueva pérdida de categoría. Poco importan los 123 años de vida de la entidad si en siete no se ha aprendido la lección: Tyneside verá de nuevo a su equipo en la segunda de Inglaterra como ya pasó en 2009.
 
Puede que suene oportunista afirmar que la debacle de los Geordies se veía venir, pero desde que el 2015 irrumpió en el calendario es innegable que ya se apreciaban importantes grietas en la estructura. Quién le iba a decir al aficionado medio de St. James’ Park que solo un curso después añoraría los tiempos con Alan Pardew en el banquillo. Gerard Piqué no diría que con él empezó todo, eso sería menospreciar años y años de miseria sin títulos que llevar a las vitrinas. Aunque sí parece, visto cómo han ido las cosas, que la figura de Pards ha sido el punto de inflexión hacia los infiernos.
 
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Acabó siendo odiado por la mayor parte de la hinchada el mismo entrenador que fue premiado con una esperpéntica renovación de ocho años por Mike Ashley, ese grandullón que ocupa la silla del propietario del Newcastle mientras hace, deshace y destruye a su antojo como si de un niño ante cientos de piezas de Lego se tratara. Sus desencuentros con Hatem Ben Arfa, la venta de éste, Yohan Cabaye o Demba Ba. El trato que dio a Jonás Gutiérrez cuando se le diagnosticó el cáncer, sus salidas de tono, los resultados generales y las derrotas contra el Sunderland, el aparente desprecio por los torneos coperos… Fueron muchos los ingredientes que alimentaron un rechazo mayoritario hacia Pardew, considerado culpable total o parcial de los desastres. Llegado el punto en el que la grada mostró jornada tras jornada carteles que rezaban “Sack Pardew” (“Despedid a Pardew”), el técnico huyó a un Crystal Palace donde ha encontrado su lugar. Lo que ha ocurrido después es digno de que se tatúe en lugar visible aquello de “quien ríe último, ríe mejor”.
 
Pardew dejó un Newcastle en tierra de nadie a finales de 2014, pero observando la clasificación con tranquilidad digna de la hora del té. Fue entonces cuando Ashley y su directiva, decididos a pegarse tiros en el pie, no ofrecieron otra solución que colocar a John Carver, hasta entonces segundo entrenador, como técnico interino hasta final de temporada. Las nueve derrotas seguidas entre las jornadas 28 y 37 y la agonía final de un equipo que estaba virtualmente salvado son la prueba de que aquello fue un movimiento tan acertado como el fichaje de Ali Dia por el Southampton. Un gol de Jonás certificó la supervivencia del Newcastle en la última jornada. Ironías de la vida.
 
La llegada de Steve McClaren al banquillo para la temporada 2015-2016, su posterior destitución, el fichaje desesperado de Benítez y el descenso no han hecho más que reforzar el recuerdo de Pardew. Su Palace ha disfrutado de una plácida temporada a pesar de los pronunciados altibajos y tiene una cita con el Manchester United en Wembley con la FA Cup en juego. Mientras, el Newcastle ya ha cerrado las maletas con destino a ‘la B’. Cuesta entender cómo al hoy técnico eagle se le presionó la soga al cuello hasta la asfixia, mientras que a McClaren se le concedió tiempo hasta que, cuando se tomó una decisión firme ante la crisis, faltaba precisamente eso… tiempo.
 
Con Pardew, la preocupación era el anonimato en mitad de tabla y las malas actuaciones en las copas. McClaren ni se planteó estar en la zona baja de la clasificación: empezó el curso especulando sobre la posibilidad de competir por la Capital One Cup o la FA Cup, y el Newcastle alentó esos delirios de grandeza bautizando su tercera equipación como ‘cup kit’. Difícil explicar la cara que debió poner Pardew cuando Sheffield Wednesday y Watford echaron a su exequipo de ambos torneos a las primeras de cambio. Sin olvidar que, en liga, la zona roja se convirtió desde la primera fecha en el hábitat del club, gracias a la ausencia de victorias en las ocho primeras jornadas. Y en St. James’ Park, a buen seguro más de uno comenzó a preguntarse si el supuesto remedio no les estaba llevando a una enfermedad más grave.
 
Fue tras la destitución de McClaren en la jornada 28 cuando los bares de España, y especialmente aquellos que ocupan las aceras del madrileño paseo de la Castellana, se llenaron de conversaciones con el Newcastle como sorprendente protagonista. Desde que Rafa Benítez se embarcó en el reto de salvar a los Magpies tras un tormentoso paso por el Real Madrid, las trágicas noticias en clave futbolística que han llegado desde el norte de Inglaterra han despertado el interés de aficionados y prensa españoles. El desenlace no ha hecho más que reafirmar lo que ya habían visto en el Bernabéu. Lo que mal empezó de blanco, peor ha acabado de Urraca.
 
De poco han servido los fichajes de talentos como Georginio Wijnaldum, Aleksandar Mitrovic o Chancel Mbemba en verano, o la inversión a la desesperada para convencer a hombres como Andros Townsend o Jonjo Shelvey. Desde arriba se esperó hasta llegar a un punto sin retorno para deshacerse de un McClaren que jamás se acercó mínimamente al juego “ofensivo y de toque” que vendió (así aseguró en pretemporada Jack Colback que jugaría su equipo a las órdenes del nuevo técnico, en contraste con el estilo tosco y sin criterio alguno visto sobre el césped). Cuando Benítez dijo “sí” a la oferta, los cimientos ya estaban condenados a ceder. Aunque eso no exime de su parte de culpa al español, que solo ha sumado nueve puntos en sus diez partidos antes de quedarse sin opciones. Precisamente McClaren consiguió esa misma cantidad de puntos en sus últimos nueve encuentros previos a su cese.
 
Nunca se sabrá si con Pardew esta debacle también se habría producido, pero bajo su mandato el descenso ni se contemplaba como posible. El tiempo ha minimizado los problemas de los que tan enérgicamente se quejó la afición con su antiguo entrenador: hoy cualquier hincha del Newcastle daría lo que fuera por tener los motivos de queja de entonces.
 
La entidad lleva años siendo un navío a la deriva bajo órdenes de una directiva con especial amor por la autodestrucción. St. James’ Park siempre ha señalado a Ashley y cía como sus enemigos, pero en esta criba solo ha caído Alan Pardew. ¿Necesitaba un cambio de rumbo aquel equipo? Probablemente, pero empezando por la silla del propietario. Puede que, echando ahora la vista atrás, Pardew fuese el enemigo que más convenía al club. Los grandes culpables siguen dentro de este Titanic que es el Newcastle.
 

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Nacho González