Toño Suárez

Querida Margaret

El pasado 8 de abril fallecía la ex primera dama inglesa Margaret Thatcher. Personaje clave en la política internacional de los años 80, deja para la historia un mandato repleto de luces y sombras. Como máxima mandataria, coincidió con el capítulo más negro del fútbol inglés y quedó asociada para siempre con la tragedia de Hillsborough.

 
Querida Margaret:
 
Hay que ver lo que son las cosas. En otras circunstancias no hubiera tenido ni la más mínima esperanza de que leyeras ésta carta. Los políticos tenéis la fea costumbre de escuchar al pueblo solo cuando lo necesitáis: un voto bien vale un beso a un niño. Eso sí: rodeada de cámaras de televisión, flashes de fotógrafo y de ese asistente que te pasaba, furtivamente, un kleenex para limpiarte las manos y la cara después de pasar el tremendo trago del apretón de manos interesado, del beso de Judas, de la sonrisa forzada.
 
Yo soy uno de esos niños que bien valió la pena besar para conseguir el voto de papá y mamá…o no, quien sabe: a lo mejor no nos cruzamos jamás en ésta vida y esa figura que atormenta mis noches infantiles, acercándose ruidosa, enorme en comparación con mi minúsculo cuerpo, apretándome, casi ahogándome, pelos de morsa en el labio superior, pinchándome después de un ruidoso y excesivamente húmedo ósculo, para mi gusto, no seas tú, sino aquella señora de la que mi madre y yo huíamos como posesos cada vez que la veíamos por la calle pero que siempre, no sé muy bien cómo, nos acababa interceptando. El concepto de ubicuidad me quedó muy claro antes, incluso, de descifrar el misterio que para mí suponía el funcionamiento de un sonajero, elemento demoníaco y ruidoso donde los haya, sin lugar a duda. Ya ves: aún no tengo edad para gozar de sueños húmedos con la Jolie; me tengo que conformar con la morsa del barrio, depilada a cuchilla, atormentando mi inocencia infantil. Espero que el sueño recurrente no acabe en trauma cuando sea mayor, lo espero de verdad, Margaret.
 

Ahora descubres que el populacho no te quería en vida ni ahora que te has ido

Solo los grandes estadistas logran llevar al rebaño unido al matadero

Tengo esperanzas de que leas esta carta, te decía, porque no debes estar muy acostumbrada a que un desconocido te llame querida y, por tanto, seguro te pica la curiosidad. Lo sé, lo sé: eres cauta y sabes que la curiosidad mató al gato pero después de haber leído y oído, a buen seguro, todo lo que dicen y escriben estos días por ahí de ti casi no te queda más remedio que leerme. Malditas revistas de salas de espera: encima de no saber para donde te van a mandar, Margaret, si para arriba o para abajo, descubres sorprendida, como solo los británicos sabéis sorprenderos, que el populacho no te quería demasiado ya no solo en vida: ni siquiera fingen echarte de menos cuando te has ido. Para ti no hay discursos grandilocuentes glosando tu figura o, al menos, no tantos como seguro te hubiera gustado. No te mortifiques demasiado por ello y míralo desde un lado más positivo: has conseguido que, casi la Nación entera, se haya puesto de acuerdo para desearte una agradable estancia en el infierno. Solo los grandes estadistas, como tú lo has sido, consiguen llevar al rebaño unido y contento, al matadero. Glory, glory.
 
Yo no tengo ni idea de política, Margaret: no sé que es privatizar empresas ni por qué los mineros del norte están tan enfadados contigo, no entiendo por qué la gente descorcha botellas de champán celebrando que te hayas ido…solo soy un niño y solo entiendo algo de fútbol o eso al menos dicen mis compañeros del colegio. Igual, creo yo, que es porque soy el dueño del balón y si me enfado, no hay partido….eso debe ser lo que llamáis la erótica del poder: veinte niños temerosos esperando mi decisión, una decisión que puede variar el transcurso de un recreo, momento sagrado para el alumno. ¿Les dejo el balón o no se lo dejo? ¿Voy a ser el capitán del equipo? ¿Me váis a dar vuestra merienda? Sabes de lo que te hablo, ¿verdad Margaret? Qué te voy a contar que tú no sepas.
 
Tengo que confesarte una cosa que me avergüenza: soy un niño promiscuo, qué le vamos a hacer, así son las cosas. Me gusta tanto el fútbol que soy seguidor de todos los equipos ingleses: hoy con uno y mañana con otro…¡y a veces con dos o tres distintos el mismo día! No distingo rivalidades añejas ni piques puntuales o enquistados, ni de cantos ofensivos en las gradas o de manifestaciones fuera de tono. Me gustan todos, Margaret, todos. Por cierto: espero que a estas alturas no te estés aburriendo y ya hayas dejado de leer la carta. Ahora que empiezo a hablar de futbol….con lo que te apasiona, ¿verdad?
 
Bueno, te mentiría si te dijera que no hay un equipo que me gusta un poco más que los demás: soy promiscuo pero tengo mi corazoncito, no te vayas a creer, y el Liverpool me hace sentirme un poco más lleno y vital que los demás. Y esa es la razón por la que te escribo.
 

Soy promiscuo, pero el Liverpool me hace sentirme más lleno que los demás

Búscalos allá arriba. Los reconocerás fácilmente: son 96

Verás, hay un niño en el colegio con el que paso el rato del recreo cuando decido castigar a mis compañeros sin balón. Se llama Álvaro. Es un poco mayor que yo y, la verdad, no me hace demasiado caso. Ya sabes cómo se comportan algunas veces los mayores pero, cuando no tiene con quien hablar o a quien fastidiar se sienta conmigo, debajo del un árbol que hay al lado los retretes, para pasar el rato. El sitio no es muy idílico, para que nos vamos a engañar, pero proporciona una sombra hermosa cuando hace un día soleado, los menos. Álvaro me cuenta historias mientras intenta robarme el bocadillo. Él cree que no me entero pero me gusta tanto escucharle que, a veces, le dejo que lo haga. Ayer me dijo que tú habías intentado, cuando eras Primera Dama, aislar Liverpool, quitándole ayudas gubernamentales, cerrando fábricas…no me hagas mucho caso porque hay veces que no entiendo lo que me cuenta, pero creo que la historia era más o menos así. Quiero tanto a Liverpool, Margaret, que no podía creer lo que Álvaro me estaba contando y me enfadé mucho con él. Tú no podrías hacer eso, ¿verdad que no? ¿Por qué no apareces en sus sueños y le dices que tú no lo hiciste? A mí no me hace caso porque soy pequeño, ya sabes, pero seguro que tú eres capaz de convencerle. Explícale que está equivocado, que tú nunca quisiste hacer nada que perjudicara a Liverpool. Hazlo, por favor.
 
Otra cosa te quiero pedir ya que estamos. Si el próximo lunes aún no han sabido, los que mandan ahí arriba, qué hacer contigo, seguro que leerás por los periódicos que hay en la mesita de la sala de espera, que se conmemoran los veinticuatro años de la tragedia de Hillsborough. ¿Te acuerdas? Si, mujer, haz memoria, seguro que lo consigues. Fue aquella masacre de seguidores del Liverpool que murieron aplastados contra las vallas del campo del Sheffield, no porque fueran hooligans, Margaret. No lo eran. Solo eran aficionados del Liverpool, eran padres, madres…niños como yo… y no murieron por intentar armar bronca, por intentar reventar el partido. Murieron por la ineficacia de la policía, murieron porque, mientras se estaban asfixiando contra las vallas, sin poder saltar al campo, enjaulados, aplastados por una avalancha humana que nunca debió entrar al estadio, nadie les ayudó Margaret, nadie. Los dejásteis morir. Estuvo mal Maggie. Nunca reconociste lo que sucedió y muchos familiares de los que allí se quedaron, contra las vallas, murieron pensando que sus hijos eran unos hooligans porque tú y los tuyos mentísteis…mentísteis durante más de veinte años, Margaret.
 
Hazte un favor: si el que ahora decide tu destino, por algún extraño capricho, cree que eres merecedora de la vida eterna, búscalos allá arriba. No te será difícil encontrarlos. Son 96 orgullosos seguidores del Liverpool, 96 personas normales cuyo único pecado fue ser seguidores fieles de un equipo de fútbol a los que engañaste y traicionaste.
 
Sé valiente, no tengas miedo y pídeles perdón. Seguro que, pese a todo, ellos serán magnánimos contigo y, así, podrás descansar en paz.
 
Gracias, Margaret.
 

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Toño Suárez