Juan Antonio Parejo

Sobre el Chelsea y el fútbol defensivo

 
Transcurridos ya los suficientes días para que las aguas se hayan calmado, es el momento de una breve reflexión mucho más serena, no al calor de los acontecimientos. Y es que fue anotar Drogba el penalti definitivo del Chelsea y las redes sociales y los foros de debate, estuvieron a punto de colapsar. Y de nuevo volvió ese término que nos resulta tan odioso: el antifútbol. O cuando menos, “el otro fútbol”.
 

Chelsea fue un equipo roto y a la deriva casi todo el campeonato

Los caminos hacia la victoria son incontables. Este solo fue uno más

Evaluemos al Chelsea, un equipo roto y a la deriva durante tres cuartas partes del campeonato. Le toca enfrentarse en semifinales al equipo más majestuoso de los últimos veinte años. Un Barça, que a pesar de haber perdido brillantez, sigue conduciendo y ganando sus partidos como un Rolls Royce. Un equipo mágico, mítico. Posiblemente la mayor acumulación de talento jamás vista desde el Brasil del 70 o incluso del 82. ¿Qué hacer? Con los medios disponibles, exactamente lo que hizo el Chelsea. Lo contrario sería un completo suicidio. Ceder un metro a Iniesta o Messi puede significar la muerte. Todos atrás, bien juntitos y esperar a que llegue algún error no forzado. Que por cierto, llegó en forma de pérdida absurda de Messi (hasta los dioses se equivocan). Después, rezar y rezar para tener suerte en cantidades industriales. Y para la vuelta, más de lo mismo multiplicado por diez. Contra el Bayern, también técnicamente muy superior aunque no tan exuberante como el Barça, la receta fue la misma, exactamente la misma. Primer córner, primer disparo entre palos y gol. ¿Qué hacer? Cada cual que evalúe sus medios y actúe en consecuencia.
 
¿Es la “derrota del fútbol”? Ha ganado un equipo que ha sacado partido al 101% de su potencial, muy inferior al de sus rivales. Y lo ha hecho de la manera en que hemos referido. Nada más. No tienen ningún sentido las procesiones de puristas flagelándose porque el Chelsea sea campeón de Europa, habiendo sido inferior al Benfica (los portugueses, incluso con diez en Londres, recuérdese), por no hablar del Barça o del Bayern. ¿Es una mala noticia “para el fútbol”? En absoluto. Ni positiva. Los caminos hacia la victoria son incontables. El del Chelsea, solo ha sido uno más, aunque eso sí, muy particular.
 

La victoria del Chelsea no ha sido un accidente

En el fútbol, como en la guerra o el amor, el fin justifica los medios

Regresando al Chelsea, no se puede decir que su victoria haya sido un accidente, sería absurdo. Pero de todas las victorias que recordamos, sí que podría decirse que tiene un porcentaje mayor de “accidental”. Muchos, en el bando contrario del romanticismo (yihadistas los hay en todos lados), lo proclaman como una exhibición de conceptos defensivos. Nada más lejos de la realidad. El Barça le creó, entre la ida y la vuelta, más de doce ocasiones clarísimas de gol. Y cuando decimos clarísimas, queremos dar a entender que muy probablemente hasta el esforzado Connor Sammon anotaría el 75% de ellas. Lo que ha hecho el Chelsea es vivir sobre el alambre, en un estado permanente de riesgo. Defender bien es anular al equipo rival, no dejarle que llegue, que no genere ocasiones. Como la famosa Grecia de Otto Rehagel de la Euro 2004 con la que tanto se ha comparado a este Chelsea. Un equipo técnicamente deficiente (mucho más que el nuevo campeón de Europa), pero tan bien preparado tácticamente, que costaba sangre, sudor y lágrimas hacerles un par de ocasiones. Otro caso de excelencia defensiva sería precisamente este gran Barça que ha pasado delante de nuestros ojos estos últimos cuatro años. Un equipo vocacionalmente ofensivo, pero que apenas dejaba que le chutaran a puerta sus rivales, monopolizando a través de la posesión y de la presión adelantada el balón y la iniciativa de tal manera, que en más de la mitad de los partidos Víctor Valdés no era sino un espectador más. Defender, sea de la manera que sea, para nosotros es, repetimos, evitar que el rival genere peligro de verdad. En otras palabras, si un equipo crea doce situaciones claras de gol, aunque no meta ninguna, jamás se podría decir que se ha “defendido” de manera óptima. Una vez generada la situación clara de ataque y que se ha efectuado el último pase, solo queda, como diría el maestro Bielsa, “esperar la compañía de la suerte”. Recordemos que sí, que la fortuna es una dama caprichosa en sus designios, pero que generalmente se va con quien más méritos hace y más insiste, da igual el camino. Y es que, sí, en el fútbol, como en la guerra o el amor, el fin justifica los medios.
 

Gloria al fútbol, que siempre nos tiene guardadas sorpresas

Lo de Di Matteo parece una apuesta cortoplacista

Nos puede gustar o no, pero es así. Gloria al Chelsea, campeón contra todo pronóstico. Gloria a toda una serie de jugadores que llevaban peleando por la máxima distinción continental desde hace ocho temporadas. Gloria a un equipo que ha sacado un rendimiento extraordinario a sus limitadas capacidades, si tenemos en cuenta las de sus rivales. Y como dijimos, gloria al fútbol, que siempre nos tiene guardadas sorpresas. Sin embargo, acaben aquí las alabanzas. Mal haría, creemos, Abramovich en jugar sus cartas a la jugada que ha planteado Di Matteo, cuyo volumen de planteamientos, más allá de encomendarse a la vieja guardia y entregarles el mando en plaza, parece oscilar entre lo justo y lo escaso. Su labor, en efecto, con el West Brom fue muy positiva. Y con el Chelsea, titánica. Pero que la victoria, honrada ella, no engañe a nadie: lo de Di Matteo nos parece una apuesta totalmente cortoplacista condenada a morir más pronto que tarde. Que sea santificado el bueno de Roberto Di Matteo, autor de uno de los mayores milagros que estos nuestros ojos han visto. Pero que cambie de itinerario si continúa en el banquillo “blue” o se le encuentre un reemplazo adecuado. No todos los jueves son fiesta. Hay buenos elementos (Mata, Ivanovic, Cahill) y sobretodo, millones de libras, para esa regeneración eterna que aún se espera en el Chelsea. Constrúyase el rascacielos de Abramovich sobre una base estable. Pero jamás sobre los movedizos cimientos de una victoria, muy meritoria, histórica y épica, pero que como hemos sostenido, donde lo circunstancial ha pesado de manera decisiva.
 
Nunca se le podrá acusar de deshonesto al Chelsea. Fue su hoja de ruta. No hay un solo camino que lleva de regreso a Ítaca, sino infinitos. El Chelsea propuso en lo que creía y de alguna manera, salió bien. Pero más allá de los enormes méritos de Lampard, Cahill, Mata o muy especialmente Drogba o Cech, seamos justos y hasta casi populares: un equipo así y jugando así (insistimos, lo del Chelsea dista mucho de ser un ejemplo de “arte defensivo”), solo puede ser catalogados de una manera: milagro. Por eso, también amamos el fútbol.

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Juan Antonio Parejo